Vacaciones...



No hay líneas de tiempo que cruzar, ni cálculos para llegar a tiempo a ningún lugar… el día se va construyendo a si mismo en cada minuto, en cada hora. Alterno lectura, música, copas de vino, películas, versos que nacen, líneas nutritivas para mi blog, siestas en cualquier mitad, comidas a la verdadera hora del hambre. Planes a la mínima expresión… hibernación.

Los músculos de mi cuello se hunden como algodones al tacto verificador, respiro hondo, me entrego al silencio, al descanso de cada célula y del gran Todo. Finalmente, amordazo con sádico placer las voces del “debería”, curioso: pareciera que ellas no se han enterado aun que estoy de vacaciones.

Mamografía desde el miedo


Mujer, 47 años, un par de senos que han hecho (y siguen haciendo) su hermoso trabajo. Un par de senos en donde las estadísticas ponen a habitar el germen de ese microscópico enemigo que nos puede mutilar y matar algún día.

Luego de un año de irresponsable y cobarde postergación, llega el día y la hora de entrar en la terrorífica intimidad con el mamógrafo: desnudo mi torso, sigo instrucciones, lo abrazo, siento el frío inhumano de la máquina, su voracidad que aplasta en todos los ángulos posibles.

Luego, la espera en la soledad de esa extraña habitación. El mamógrafo y yo nos miramos en silencio. El, guardando sus miles de historias, de todos los tamaños y consecuencias. Yo, en lucha a muerte contra los pensamientos de enfermedad y muerte que vienen a incar mi “aquí y ahora”: diagnóstico, amputación, mechas de cabellos huyendo por los desaguaderos, duras batallas a vencer (apostando siempre a la Vida). ¡Basta!

Al rato, una sonrisa aparece por la puerta: “Todo está bien por ahora”. Regreso entonces del miedo, de la angustia, de la posibilidad, de la estadística. Regreso.

Soy Hoy



Soy hoy
mis kilos fieles, demasiado fieles
este verso en trayectoria
1,5 en las paticas de mis lentes
y un centímetro por mes de nieve en mi azotea

Soy hoy
mi rostro y sus veredas
mis manos y sus deltas
y estos pies maltrechos y aguerridos
cómplices del crujir de mis rodillas

Soy hoy
mis senos
alimentados y alimenticios
un útero bendecido y clausurado
un vientre sabio y bien dispuesto


Soy esta risa rescatada
y también lágrimas
lágrimas sin fuente y sin destinos
que llegan y se empozan
“de vez en mes”, decía el poeta...

Soy musas y destellos
ganas de hacer y deshacer
Bola de nieve y avalancha
“gritos y susurros”, decía el director...

Soy esto que veo
y que no veo
Soy aquello que ves
y que no ves

Quien soy te recibe a tu llegada
no hay más
“Hoy”, digo yo...

Asesinato doble



Hace meses, en la ventana donde el horizonte de mi ciudad me lanzaba a la cara curiosa miles de otras ventanas llenas de historias desconocidas, llegó una pareja de palomas: él, negro como el vidrio de los ojos cuadriculados del CitiBank, con su pata izquierda hecha un ovillo informe (muy parecido a mi… pata izquierda), ella, blanca como la paz, con trazos negros de guerra vislumbrada, sutil en el oído de la mirada. Ellos escogieron mi ventana para el apareamiento, un lujo de rituales se sucedieron en el brocal cuyo abismo de trece pisos era ignorado. Ella, pequeña, coqueta entre sus plumas y aires seductores… él, grande, oscuro, contrahecho y seguro de su poder reproductor. Encima de ella, brevemente, sus alas abanicaban con furia el futuro de la especie, ella, abierta, recibía con júbilo inocente todos los destellos de su aleteo estratégico; prendieron un día de blanco profundo dos huevos repletos de vida… dos pichones abrieron sus ojos nuevos hacia la misma ciudad y las mismas ventanas tentadoras.

Hoy, el y ella se turnan el cuido, van y vienen con el alimento y el amor que no es amor para las gargantas ávidas de plumas, vuelo y vida.

Entretanto todo lo que entra, sale… el nido se llena de la mierda que aun no sabe volar. La mierda despoja olores orgánicos que ansían libertad y se cuelan por los resquicios de mi ventana, inundando mi espacio, mi nido… tal vez (sólo tal vez) pequeños agentes de clamidiosis, histoplasmosis, crytococcosis avizoran curiosos los orificios de mi nariz a menos de un metro de distancia. Más allá, mis pulmones, mis venas, mi capacidad para andar sobre mis piernas cada día.

Una rebelión de negaciones se apersona en el dilema. Este olor a mierda lleno de candidez de dos hermosos pichones me agujerea la vida, me enloquece las horas frente a mi ventana, frente a mi laptop donde escribo estas líneas y otras con las que pago el supermercado cada semana. Una mosca inédita hace equilibrio en el borde del vidrio de romanilla, mientras yo –en terrible y doloroso debate interior- planifico mi primer asesinato doble…

Cuadrúpedo felino en mi vientre


Acabo de regresar del largo sueño de la noche, estreno este día feriado nacional acostada en mi cama, extendida como lagarta bajo el sol, en medio del silencio de la ciudad detenida.

Mi vientre siente de pronto cuatro columnas que se hunden en su extensión geográfica, cuatro patas de mi pequeño bonsai de pantera, mi negra, negrísima gata Caraota, quien –en su ritual primigenio de evocación de amamantamiento- comienza a presionar suave y alternativamente sus patas delanteras sobre el manto de grasa suave de mi abdomen.

Me encuentro con sus fijos y extasiados ojos verdes mientras le agradezco con los míos el placer matutino de su masaje y su testimonio de vida sobre mi vientre.

Perdóname cuerpo


Te digo cuerpo, me digo: “hoy no te quise, hoy no te estoy queriendo”. Hoy te empujo al abismo de horas de aeropuertos, a largas colas en fronteras, a horas de sueño que no fueron… te cargo, te lleno, te exploto, te silencio… y tu me respondes con estos párpados que pesan como promesas no cumplidas, con estos ojos enrojecidos que nublan mi mirada ensombrecida con ojeras a prueba de disfraz Revlon. En esta hora exhausta te oigo cuerpo, decirme ¡basta! y tu “basta” retumba en el silencio de cada célula traicionada que busca desesperadamente un rincón de silencio para el sueño.

Perdóname cuerpo…

Aquí y ahora

Aquí y ahora