Mi alcoba blanca en Alepo

Foto: Joseph Eid AFP 
Este es Mohammad Mohiedine Anis de 70 años, captado para siempre en un solaz e íntimo  momento de regreso a su casa en Alepo, ciudad siria arrasada por la guerra. Ya no vive allí, pero regresa de tanto en tanto llevado por sus pies con memoria, se sienta en la que fuera su cama, enciende su tocadiscos intacto y su pipa fiel, y se deja inundar por el placer de las notas de la canción “Hekaya” (historia) y por las bocanadas aromáticas de su pipa.

En ese momento, no existe para él más que la música, el aroma, y el placer y la certeza de estar vivo,  aun en medio de la destrucción, el caos y  la muerte.

Esta foto viral y su historia las conocí gracias a un querido amigo que las colocó en uno de mis chats de WhatsApp, con una grabación de una locutora de radio que hacía referencia a la misma en su programa. Desde que la vi, primero en la pantallita de mi smartphone, luego más grande en mi PC, quedé impactada, atrapada;  pasaron los días y me descubría con inquietud  rememorando la imagen que  venía a mi cabeza una y otra vez como olas de mar que llegan y se van, hasta que finalmente arrojó a mi playa una botella con su mensaje y respuesta dirigidos especialmente para mí:

Nunca he estado en Siria, ni en un país destruido por la guerra, pero descubrí que la Siria y la guerra presentes de manera tácita en esa imagen de AFP estaban en mí, que yo también estaba en ella.

Cada vez que veo la foto, la habitación destruida se transforma en el país que habito: escombros por doquier, soledades del exilio sobrepoblando el espacio más allá de la ventana; el anciano soy yo, con mi necesidad institiva de estar en ese lugar luminoso a pesar de los destrozos; de estar allí, en la alcoba, sobre ese lecho lleno de recuerdos donde otrora reinaba la vida; el tocadiscos y su música es todo aquello que me llega desde afuera y me nutre el alma, me hace danzar, crear, sentir, amar; la pipa que aspiro con serenidad es todo aquello que inhalo e incorporo en mi organismo, que hago mío con placer, para bien o para mal de mis pulmones, en medio de tentadores deleites aromáticos.

En la  foto de ese instante eternizado yo, como Mohamad, miro, escucho  y sostengo sólo la fuente de mis placeres, lo que me ata a una vida que merece ser vivida; en medio de los escombros emerge una belleza indómita que me abraza y no me deja ir. La luz del sol entra por la ventana a raudales e ilumina por igual lo bello y lo feo, lo entero y lo roto: y yo solo miro el tocadiscos que me regala esa canción que tanto amo.

A diferencia de Mohamad, yo no me he ido de esa casa, no necesito regresar de tanto en tanto como él… sigo allí, por alguna razón inexplicable, juego a la certeza de que ninguna bomba podrá destruir mi tocadiscos ni mi pipa, y que los escombros serán, más temprano que tarde, fascinantes invitaciones a re-construir, a hacer de nuevo, a llenar de vida y placeres esa alcoba blanca que supo cuidar la música y el humo que me mantuvieron viva y aun sonriendo durante tanto tiempo en medio de la guerra.

Allí permaneceré, meditativa y presente en mi alcoba  herida, soñando con la reconstrucción, mientras las bombas no destruyan la fuente de mi música ni desaparezca de las estanterías la dulce picadura de mi pipa.

Vipassana: Armando mi rompecabezas



Vipassana es una de las técnicas de meditación más antiguas, orientada al logro de la felicidad y a la liberación del sufrimiento a través del manejo enfocado y ecuánime de la mente en las sensaciones del cuerpo, en el marco de un esquema no sectario,  ni religioso, con preceptos universales de amor, compasión, armonía, cuidado de la vida. Fue desarrollada por Budha hace 25 siglos y entregada al mundo de generación en generación, enseñada por maestros que tuvieron el cuidado de mantener su pureza.

En 1969, S.N  Goenka,  birmano de ascendencia hindú, luego de aprender la técnica y hacerse maestro, sintió el llamado de encontrar un esquema en el que mucha gente en todo el mundo pudiera aprenderla también para su inmenso beneficio, fue a la India y allí desarrolló el concepto del curso gratuito de 10 días dictado en los centros Vipassana, en lugares apartados de las ciudades,  en muchos países, financiado por donaciones voluntarias de estudiantes antiguos.

Hace solo 5 años tuve conocimiento de la existencia de esta insólita posibilidad, que implica sumergirse durante 10 días con un grupo de personas, sin ningún tipo de contacto con el mundo exterior (ni celulares, PC´s, TV´s, tablets, etc. nada que distraiga de ese monumental viaje interior), en silencio total durante todos esos días y con una agenda diaria intensa de horas de meditación en las que día a día los participantes vamos avanzando en el aprendizaje e incorporación de la técnica.

Desde entonces había soñado con vivir esa relevante experiencia, en torno a la cual siempre  se escuchaban  inquietantes historias de  gente que no lo logra, que abandona los primeros días, dado su alto nivel de exigencia; pero no lo había podido hacer porque estaba sola en Venezuela a cargo de mis dos padres ancianos y me parecía muy riesgoso dejarlos 10 días sin poder comunicarse conmigo en caso de alguna necesidad o emergencia.

Dicen que cuando el alumno está listo, aparece el maestro (y el momento)… y así fue: mis padres ancianos murieron y el universo conspiró flagrantemente para que al fin pudiera aventurarme en esa gran interrogante de crecimiento y evolución llamada Vipassana.

Escribo estas líneas a escasos dos días de mi regreso; necesitaba un tiempo para digerir esa vivencia tan marcadora, sobre la que quiero compartir algunas experiencias sobre un par de temas que inquietan a muchos.

Sobre el noble silencio:  Amigos y conocidos se espantan cuando saben que Vipassana requiere lo que Budha llama “el Noble Silencio”, algunos me decían:  ¿qué?? ¿10 días sin hablar con nadie? ¡yo me volvería loco! Afortunadamente, nunca le temí al silencio: desde niña solía buscarlo como alimento para la reflexión y creación. Vipassana me regaló un banquete de silencio que me permitió escuchar con agudeza sonidos fascinantes como el aire al entrar y salir de mis pulmones llenos de vida, el sonido del roce de los distintos tejidos de las ropas en movimiento, el canto diferente de cada especie de pájaro en las distintas horas del día, el concierto de grillos al anochecer, el zumbido profundo del vuelo de un colibrí, el alboroto del viento entre los frondosos y enormes árboles de la selva tropical, las gotas diminutas y sutiles, o grandes y fuertes de la lluvia sobre la tierra y las piedras, el viaje dulce del río montaña abajo… Sin duda, el silencio fue el mejor aliado de la meditación, de la concentración y del foco. Imposible realizar el profundo viaje interior de Vipassana sin la compañía de este noble compañero.

Sobre el aislamiento:   ¿Se imaginan pasar 10 días sin ponerle la mano encima al Smartphone, o a cualquier dispositivo de tecnología de información y comunicación? ¿sin WhatsApp? ¿sin Facebook? ¿sin Google? ¿sin Instagram? ¿sin leer un libro o alguna información que nos regala la red? ¿se imaginan no saber nada de la familia, del país, del mundo? ¿se imaginan? Este es otro tema aterrador para mucha gente. Esto sí que fue más complicado… en las horas de descanso me preguntaba por mi gente querida, por los acontecimientos en mi país, Venezuela, en uno de los momentos más críticos de su historia contemporánea. Decidí confiar… confiar en que si sucedía algo malo a mi familia, lo sabría, lo sentiría de cualquier manera, decidí dejar que el mundo allá afuera siguiera girando sin mí en mis predios habituales. No soy indispensable y eso fue una excelente reconfirmación. Constaté también que, al igual que el silencio, el aislamiento y la desconexión son vitales si queremos sumergirnos profundamente en el viaje de aprendizaje de Vipassana.

En mi largo itinerario de vida por el agnosticismo, por la psicoterapia Gestalt, por la Biodanza, he ido armando un fascinante rompecabezas que responde a mis preguntas fundamentales y existenciales como: ¿qué implica ser un ser espiritual teniendo una experiencia humana? ¿y un ser humano teniendo una experiencia espiritual? ¿cuál es el camino para la liberación del sufrimiento (no del dolor inherente a la vida misma)? ¿cómo vivir para alcanzar (y compartir) más felicidad?

Vipassana resultó ser una pieza importantísima en ese rompecabezas. 

No fue nada fácil llegar hasta el final. Siempre supe que podría hacerlo, pero la experiencia fue una de las más retadoras de  mi vida, mucho más difícil de lo que pensé.


Agradezco hoy a Budha por su inmenso y generoso  aporte, a todos lo que transmitieron esta joya de generación en generación por 2.500 años, a todos los que hicieron posible que yo hoy, a mis 57 años, haya recibido con tanto amor y dedicación todo este conocimiento que enriquece inmensamente mi arte de vivir.

El pasado como manantial

Foto del 3er, Encuentro en Caracas el 15-10-16


El pasado puede ser manantial que hace brotar agua cristalina que nutre y refresca, o desagüe, que se chupa hacia las entrañas oscuras de la vida, toda la energía de la vivencia presente y el avance hacia el futuro que va emergiendo.

El pasado llega de pronto y sin aviso, sobre el lomo de una canción significativa de otra época, en la mirada de una fotografía con rostros y situaciones, en el encuentro fugaz con otros en un funeral, en un supermercado o en una calle del mundo.

En los últimos tres meses el pasado ha llegado hasta mí de una manera jamás pensada: una querida compañera1 de bachillerato, quien vive desde hace varios años en los EUA, creó un chat de WhatsApp con un grupito que luego fue creciendo, de los que nos graduamos en el colegio hace 38 años. Ya otro compañero2, desde Canadá, había realizado un intento previo por el Facebook. La semilla estaba viva y servida en tierra fértil. Agradezco a estos dos grandes arqueólogos de números celulares y afectos, por esta iniciativa de tan alto impacto en mi vida .

Fueron pasando los días y los meses, fueron apareciendo en el chat 48 nombres, con sus rostros, sus historias, su pasado compartido, su memoria y sus olvidos.

De los 48 nombres, el 70% decidió tener una presencia contundente, del resto, intuyo que algunos  no alcanzan a ver el chat, pese a sus intenciones iniciales, que compite con mil y una demandas de la vida y de otros chats, mientras otros, los menos, están atentos, observan, escuchan, desde la periferia, desde  el silencio activo, desde un espacio válido, curioso y expectante; cada quien desde donde necesita estar.

En ese espacio virtual y sagrado, todos los días hay café por la mañana, música hermosa y pertinente escogida por un ser muy presente y querido  que tiene el don de tocar las almas a través de las notas ancladas en el pasado y necesarias en el presente.

En ese chat se han abierto los corazones en momentos donde la tragedia ha tocado la puerta y donde el apoyo ha brotado con esa misma fuerza y espontaneidad del manantial, en ese chat hemos tenido encuentros virtuales de fiesta hasta la madrugada, con tragos, risas, música, anécdotas, cantos en vivo compartidos en notas de voz, delicias para degustar, fiestas fantásticas con amigos del alma repartidos por Venezuela, España, Canadá, Alemania, Suiza y los Estados Unidos, allí hemos conversado sobre política, espiritualidad, salud, plomería, allí hemos vuelto a vivir la estimulante y sanadora experiencia de una convivencia sana y estimulante, llena de diversidad, cuando los miembros del  grupo pueden pensar muy diferente, expresar su pensar, sin ser juzgados o etiquetados. Allí se cuida la relación como a un recién nacido cuya gestación tomó mucho tiempo, con delicadeza, respeto, aceptación.

Ese chat trajo también el hambre de los encuentros en 3D y a los 37 °C de los abrazos cálidos, emocionados y afectuosos; en Caracas ya han tenido lugar 3 de esos inolvidables encuentros, en los EUA otros tantos… nada como encontrarnos con lo que somos de lo que fuimos, bailar la música que movió nuestros pies jóvenes, recordar… ¡y recordar es vivir! Nada como descubrir en los cambiados rostros y cuerpos del hoy, las huellas de lo que se ha mantenido intacto en 4 décadas: la luz de las miradas únicas y los 7 cm de las  sonrisas genuinas acompañadas del reconfortante “Estás igualita” derivado de los ojos del amor, que se reservan el derecho a cierta ceguera.

A ese chat me provoca entrar (cosa no tan frecuente en otros), viajar con avidez con mi dedo deslizante por muchas líneas, imágenes, videos. Allí siento que pertenezco. Me tomó 38 años encontrar ese lugar.

Pero el regalo más grande que me ha dado este espacio -y todas sus ramificaciones reales y virtuales- ha sido la oportunidad de re-definir y reforzar la que soy a través de la mirada del Otro. Me asombran y conmueven afirmaciones y recuerdos de mi huella dejada en otros desde aquellos lejanos 70´s, pedazos de mí que yacían enterrados en el pasado y que he ido sacando e incorporando a ese rompecabezas de nunca acabar que es la construcción de  mi auto-imagen. Y todo esto llega en un momento de mi vida de profunda re-visión (de “volver a ver”), de tomar decisiones alineadas con lo que me está pidiendo la vida que haga en base a los talentos que he ido desarrollando a lo largo de ésta, a partir de mi propia identidad. Llega además en un momento, en donde, para los que aun permanecemos en Venezuela, se impone la necesidad de buscar activamente oasis y refugios que nos protejan de naufragar y morir en la peor tormenta de la que tengamos memoria.

Bendigo haber nacido en el siglo XX, cuna tecnológica del internet, de las redes, de la comunicación síncrona. Nunca pensé que aquel programa que me fastidiaba tanto usar porque me sacaba de mi foco, el Messenger lanzado en 1999 por Microsoft, y que sería germen de lo que sería luego el WhatsApp, me haría, años después, este regalo, esta posibilidad de re-encuentro con mi pasado, con la que fui, con la que soy desde aquellos tiempos de bachillerato.

¡Qué viva este manantial del pasado que se hace cada vez más río, en donde me sumerjo feliz y me re-encuentro a través del re-encuentro con otros!



Esto, NO TIENE PRECIO.

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(1) Tibisay Ellis
(2) Roberto Acosta

Papel moneda




Las travesuras de la vida me llevaron a estar una mañana sentada en el piso de una de las estaciones más concurridas del Metro de Caracas en el centro de la ciudad, esperando en el piso intermedio entre el andén y la planta de salida, donde funciona una oficina de extranjería, a que mi pareja realizara su trámite de cedulación.

Mientras lo esperaba, y en vista de que no llevé conmigo ningún libro para nutrir mi alma, decidí cerrar los ojos y meditar en medio del sonido avasallante de los trenes al llegar y salir, cargar y descargar ríos de gente que iba y venía con sus pequeñas y grandes metas del día a cuestas.

Mi meditación, centrada en mi respiración y en el entorno vibrante y sonoro de ese punto contundentemente urbano, me llevó a un estado de trance fascinante, profundo, interrumpido bruscamente por el pedimento exigente de un indigente hambriento.

Movida por la intensidad de la experiencia, busqué rápidamente en mi bolso alguna libreta para escribir sobre la vivencia que acababa de experimentar en el subterráneo, con esa urgencia que sólo los escritores -visitados sin previo aviso por las esquivas musas- entienden.

Hurgué y hurgué en mi bolso barato, robable que había usado ese día para adentrarme en terrenos peligrosos de la ciudad… ¡y no encontré ni siquiera un papelito de punto de venta, una factura con un reverso libre y bien dispuesto a recibir mis notas!

Presa de una sensación de ansiedad por no encontrar lienzo para mis letras, recordé de pronto que en mi monedero tenía algunos billetitos, entre ellos uno de dos bolívares: lo saqué, lo miré como nunca lo había mirado: buscando -con una insólita avidez- espacios claros para albergar algunas pocas notas.

Me detuve en detalles que nunca había visto en los 4 años que tiene en circulación este billete, me pregunté ¿quién será el prócer de cara triste que me mira inquieto sospechando mis intenciones?, me deleité con  su color azul mar, con las toninas que nadaban congeladas en su anverso; tomé mi bolígrafo y comencé a escribir en él, tuve una sensación rara, inquietante, como si estuviera cometiendo un delito, trasgrediendo una norma importante, profanando un templo, el templo del signo monetario de mi país.


Sobrecogida por la experiencia, ese día entendí al fin porqué a los billetes se les llama también papel moneda.

Aquí y ahora

Aquí y ahora