Papel moneda




Las travesuras de la vida me llevaron a estar una mañana sentada en el piso de una de las estaciones más concurridas del Metro de Caracas en el centro de la ciudad, esperando en el piso intermedio entre el andén y la planta de salida, donde funciona una oficina de extranjería, a que mi pareja realizara su trámite de cedulación.

Mientras lo esperaba, y en vista de que no llevé conmigo ningún libro para nutrir mi alma, decidí cerrar los ojos y meditar en medio del sonido avasallante de los trenes al llegar y salir, cargar y descargar ríos de gente que iba y venía con sus pequeñas y grandes metas del día a cuestas.

Mi meditación, centrada en mi respiración y en el entorno vibrante y sonoro de ese punto contundentemente urbano, me llevó a un estado de trance fascinante, profundo, interrumpido bruscamente por el pedimento exigente de un indigente hambriento.

Movida por la intensidad de la experiencia, busqué rápidamente en mi bolso alguna libreta para escribir sobre la vivencia que acababa de experimentar en el subterráneo, con esa urgencia que sólo los escritores -visitados sin previo aviso por las esquivas musas- entienden.

Hurgué y hurgué en mi bolso barato, robable que había usado ese día para adentrarme en terrenos peligrosos de la ciudad… ¡y no encontré ni siquiera un papelito de punto de venta, una factura con un reverso libre y bien dispuesto a recibir mis notas!

Presa de una sensación de ansiedad por no encontrar lienzo para mis letras, recordé de pronto que en mi monedero tenía algunos billetitos, entre ellos uno de dos bolívares: lo saqué, lo miré como nunca lo había mirado: buscando -con una insólita avidez- espacios claros para albergar algunas pocas notas.

Me detuve en detalles que nunca había visto en los 4 años que tiene en circulación este billete, me pregunté ¿quién será el prócer de cara triste que me mira inquieto sospechando mis intenciones?, me deleité con  su color azul mar, con las toninas que nadaban congeladas en su anverso; tomé mi bolígrafo y comencé a escribir en él, tuve una sensación rara, inquietante, como si estuviera cometiendo un delito, trasgrediendo una norma importante, profanando un templo, el templo del signo monetario de mi país.


Sobrecogida por la experiencia, ese día entendí al fin porqué a los billetes se les llama también papel moneda.

Pasta dental en Venezuela: Cirugía mayor

Foto de Enrique Arenas, el cirujano

Los que me conocen bien saben que evito escribir sobre las tragedias cotidianas que me ha tocado vivir como venezolana en estos tiempos de cosecha de un modelo de país. He preferido dejarle esa necesaria tarea de cronista del horror a mi compatriota Leonardo Padrón, quien lo hace como los dioses. Tengo la excesiva obsesión de buscarle siempre el lado luminoso a las tormentas y oscuridades más profundas, como una forma de vida, un salvavidas para poder levantarme cada día y celebrar que estoy viva.

Pero hoy me regalo la posibilidad de compartir con el mundo un pequeño suceso doméstico que sólo pensé posible en la vida de los cubanos en la América Latina contemporánea. Hoy me regalo la posibilidad de desnudar la miseria temporal que tomó por asalto mi baño, mi vida, mi ánimo.

Desde hace semanas desapareció de los mercados y farmacias la pasta de dientes en Venezuela. La única forma de conseguirla es arriesgarse a hacer una cola de varias horas desde la madrugada en una de las cadenas de farmacias el día de la semana que me toca según mi número de cédula, o tener un conocido con un bachaquero (léase capitalista salvaje) de confianza que vende el producto a más de 30 veces el valor distorsionado e impuesto por el régimen de turno llamado “precio justo” .

Como era de esperarse, las pasticas de diente que tenía, se fueron acabando una a una al cumplir con su saludable y necesaria labor diaria de limpiar mis dientes después de cada comida.

Iban pasando los días mientras veía y sentía con un sustico indescriptible como mi último tubo de dentífrico se iba adelgazando y adelgazando a fuerza de mis manuales aplanaciones.

Y hoy llegó el temido día cero: después del desayuno me fui a cepillar los dientes y noté que por más presión y fuerza que aplicara a la parte cercana al boquete (ya toda la “cola” el tubo estaba plana como un papel), no salía nada, decidí entonces pedirle a mi pareja que sostuviera mi cepillo mientras yo utilizaba mis dos manos con toda mi fuerza... ¡y nada!. De pronto él me dijo: “Alguien me contó que había cortado el tubo con una tijera y que así había podido encontrar los restos de pasta adheridos a sus paredes, ¡probemos!”. Corrí a buscar una tijera y él procedió a realizar la insólita cirugía sobre el lavamanos. Vi con estupor  cómo decapitaba el tubo de pasta y en efecto ¡había en su interior algunos átomos más que nos sirvieron para cepillarnos los dientes!

Con incisiva curiosidad observé el tubo, que también fue rajado a lo largo, en la siguiente cepillada. Por primera vez en mi vida estaba viendo un tubo de pasta de dientes por dentro, toda una orografía de aluminio y nieve mentolada al desnudo. Una indescriptible y dolorosa novedad.

Pero el impase con el dentrífico no quedó allí: en vez de dedicar el sábado a descansar de la carrera de obstáculos que significa vivir en Venezuela, decidimos irnos al mercado municipal más cercano a ver si encontrábamos no sólo pasta de diente, sino aceite para cocinar (hace ya dos semanas que estoy cocinando con mantequilla cara porque ya tampoco tengo aceite), azúcar, jabón de tocador, entre otras cosas. De todas ellas sólo encontramos precisamente pasta de dientes ¡y compramos dos tubos al insólito precio de 10% de salario mínimo mensual en Venezuela cada uno!

Este encuentro quirúrgico con la pasta dentrífica durante la mañana de este sábado venezolano del Siglo XXI, me dejó el resto del día un sabor no precisamente fresco en la boca. Fue, lo que yo llamo “una cachetada de realidad”, un golpe bajo que me recuerda con crueldad en qué país y en qué momento histórico tan terrible, carente, injusto y doloroso me encuentro. Sueño cada día con un nuevo amanecer y dejar atrás esta noche oscura que se manifiesta de millones de formas, inocuas o graves, una de ellas con las pastas de diente, en la vida cotidiana de 30 millones de seres que nunca deseamos ni imaginamos esta indignidad y carencia en nuestras vidas.

Partera de la muerte: 10 Aprendizajes

Momento de silencio  tomada de la mano de mi madre en su silla de ruedas, durante una de las últimas veces que miró por el balcón el Avila, su montaña preferida,

Ha pasado un año de la muerte de mi madre, tiempo durante el cual se fueron gestando estas líneas que hoy ya están listas para su vuelo de paloma mensajera…

Hace casi un año comenzó a suceder lo que siempre supe que sucedería: mi madre de 89 años inició su tránsito hacia la última estación de su viaje.

Ese tránsito duró 5 semanas exactamente, pude darme cuenta de su inicio,  supe con certeza que esta vez sería la vez definitiva: se había instalado un brillo distinto en su mirada, también una sombra, algunas de sus conversaciones e inquietudes eran otras. El clamor de su cuerpo debilitado y adolorido tras 20 años de artrosis y de un cáncer de vejiga curado a sangre y fuego 15 años atrás, había comenzado a ser escuchado.

Durante 5 inolvidables semanas de mi vida, tuve la bendición de convertirme en una amorosa “partera de la muerte”, en ese ser aliado que ayuda, con empatía y amor,  a la parturienta a transitar por los dolores de parto -y los espacios sin dolor- rumbo al otro gran momento en el otro extremo de la vida: La muerte.

Este rol desde el espacio de hija, me enseñó 10 cosas que hoy comparto con el mundo, con la esperanza de que algún día, cuando mis lectores se enfrenten al proceso de muerte de un ser querido, puedan entregar ese invalorable regalo de amor, el último…el regalo de ser los mejores parteros de la muerte.

1. Aceptar es el punto de partida: No podemos ser los mejores aliados de esa persona que se nos está yendo, si aún no hemos sido capaces de aceptar que ya se acerca la hora de lo inevitable. Aceptar la muerte de otro ser humano implica un trabajo profundo con nuestra propia muerte. Los parteros de la muerte aceptan sin duda que ya se han roto las fuentes y que ellos son los llamados a hacer la diferencia en ese trabajo de parto.

2. Conversar sobre la muerte va construyendo el camino: 
Tener conversaciones con la persona que está por partir, acerca de su muerte, crea un espacio íntimo y cómplice, en donde ésta se siente libre para expresar sus inquietudes, miedos, reflexiones de vida, peticiones, y esto permite ir preparando el camino de una manera dulce y con pasos firmes y conscientes. Muchas veces, cuando una persona le expresa a sus seres queridos algo que involucra la certeza de su muerte, éstos pueden responder con pánico “¡No digas eso! ¡vas a estar bien! ¡todo pasará! ¡no nos vas a dejar!”. Esto condena al moribundo a inhibirse en los momentos en los que más necesita ser comprendido y apoyado. Los parteros de la muerte son capaces de  sostener esas conversaciones con serenidad, aceptación, empatía y amor. Este es uno de sus retos más grandes.

3. Dar alas cerrando círculos: La persona que está por emprender ese último vuelo hacia lo desconocido, necesita muchas  veces que la ayudemos a extender sus alas. Esto se consigue haciéndole ver todo lo logrado en su vida, agradeciéndole todo lo que nos dio, pidiéndole perdón por alguna acción que le haya causado daño, perdonándola a su vez por lo mismo, si fuera el caso, tomando nota de todos sus deseos a realizar después de su muerte (con la genuina intención de accionar para que sean cumplidos en la medida de lo posible), generando los espacios para que otros familiares o amigos puedan tener a solas algunos minutos de conversación para despedirse y cerrar círculos abiertos, ( estas conversaciones también se pueden tener en muchos casos en que la persona está aparentemente inconsciente, tenga grados avanzados de Alzheimer o demencia, expertos aseguran que la persona puede escuchar con un grado suficiente de conciencia), dar alas implica facilitar a la persona los rituales religiosos en los que cree. Dar alas significa poder decirle, aunque sea en silencio: “Puedes irte en paz, estarás siempre en nuestros corazones, estamos listos también para dejarte ir.”

4. El silencio puede ser la mejor compañía: Sentir que ya la muerte está cerca es sin duda una sensación inédita en nuestra vida, una inquietante certeza que golpea nuestra existencia, en la cual estamos totalmente solos y muy poco preparados; esta certeza viene acompañada  de miedos, balances, deseos, planificaciones. La persona que está muriendo, necesita viajar hacia adentro, administrar sus menguantes energías (hablar consume energías). Los parteros de la muerte honran y respetan el silencio necesario que se instala en sus gargantas, entienden que acompañar en ese silencio, tomando una mano, sintiendo aun el calor de la vida, es la mejor forma de compañía que pueden dar en un momento dado. Dulces caricias y miradas son complementos inigualables por donde transita el amor, éstos tranquilizan y acompañan el alma, y fortalecen el vínculo.

5. Retar el instinto de salvar: La vida en el universo y en la tierra está organizada en torno a un fuerte instinto de supervivencia y preservación, no sólo de nuestra vida, sino también de la de otros seres humanos e incluso de la de otros seres vivos. Desde niños crecimos viendo y teniendo noticias de innumerables esfuerzos médicos y humanos por salvar vidas. Los parteros de la muerte saben que tratar de impedir lo inminente y lo natural es un atentado contra la vida misma en su inevitable polaridad, es la terrible e invasiva interrupción de un proceso sagrado. Someter al moribundo a prácticas médicas inútiles, incomodas y dolorosas con la esperanza de “salvar o prolongar su vida”, obligarlo  a ingerir alimentos cuando ya no los quiere ni necesita,  irrespeta su tránsito, retrasa lo inevitable y lo deseado ya por 50 billones de células listas para apagarse satisfechas por haber sido parte latiente y pulsante del milagro de la existencia de ese ser. Retar este instinto es, por razones obvias,  particularmente difícil para los médicos, y aún más si el familiar del moribundo es médico.

6. Proveer la mejor calidad de vida: Recuerdo como si fuera ayer, cuando estaba pariendo a mi hija, cómo Gilcórea (nótese como nunca olvidé ese nombre), la sabia partera asistente de mi obstetra que aparecía de tanto en tanto para medir dilatación y por supuesto al final, en la última y definitiva contracción, hizo de mis horas de dolor, temor y emoción, lo mejor que pudieron ser: ella sabía darme atinados masajes en la parte baja de mi espalda, me ofrecía agua justo cuando la necesitaba, me miraba con dulzura entendiendo como nadie el significado de las muecas de dolor de mi rostro en cada contracción. Los parteros de la muerte hacen esto mismo que hizo Gilcórea, hacen que las incomodidades y dolores de esos últimos días y horas sean las menores  posibles, se aseguran, si es necesario y asequible, de buscar ayuda de médicos expertos en medicina paliativa, quienes están preparados para prescribir calmantes y otras acciones que hacen la diferencia y que no interfieren con el proceso de muerte; los parteros de la  muerte están pendientes de cada detalle que pueda hacer sentir mejor a la persona, tales  como mojar sus labios secos con un algodoncito húmedo, cambiarla de posición, colocar cojines cómodos, hacer el ambiente agradable en temperatura, luminosidad y sonidos. Proveer la mejor calidad de vida en el proceso de agonía significa incluso permitir y promover que la persona muera en su casa, en su cuarto, rodeada de sus afectos y espacios conocidos y amados.

7. Prepararse para el momento final: El proceso de acompañamiento para la muerte requiere preparación. Cada proceso es único, pero todos tienen en común la incertidumbre. Pueden durar horas, días, semanas e incluso meses, asi como el trabajo de parto para dar a luz a un bebé puede durar pocas o muchas horas. La muerte no sucede ni antes ni después de su momento escogido. Los parteros de la muerte son pacientes, no empujan el río, ni mucho menos nadan en contra de su corriente. Entretanto se preparan para el momento final atentos a las señales del cuerpo y de la psique de la persona que parte. Esta preparación implica desde investigar las señales físicas y psíquicas de la muerte inminente,  hasta la revisión y anticipación de aspectos prácticos relacionados con los servicios funerarios (teléfonos, procedimientos, tarifas, etc.). Pero la preparación más importante de un partero de la muerte tiene que ver con su propia preparación para vivir esa pérdida y ese momento, acompañando con amor y  con consciencia de  la sacralidad implícita en el instante en el que una vida humana se apaga.

8. Conocer y defender los derechos de los moribundos: La redacción de los conocidos Derechos Humanos por parte de la ONU en 1948 fue hecha pensando en la vida humana como fenómeno universal e inmutable, pero la vida de cada humano llega a su fin, da un giro profundo y lo coloca en una posición donde son otros los derechos que necesita le sean garantizados. Los parteros de la muerte, conocen, intuitiva o explícitamente los derechos de los que se acercan al final de su vida. A autores pioneros de éstos, como Elisabeth Kubler-Ross y su colega David Kessler le debemos valiosa información sobre estos derechos tales como:  El derecho a expresar sentimientos y emociones acerca de su propia muerte, el derecho a participar en las decisiones que incumben sus propios cuidados, el derecho a ser tratados como seres humanos vivos, el derecho a tener una atención médica continuada (aun cuando el objetivo deje de ser la curación sino el bienestar), el derecho a buscar y ejercer su espiritualidad, el derecho a entender el proceso de la muerte, el derecho a ser cuidado por personas compasivas, sensibles y con conocimiento, el derecho a morir en paz y con dignidad, entre otros.

9. Cuidarse para cuidar: El acompañamiento amoroso de un ser querido en su travesía final implica un altísimo compromiso emocional y físico que fluye espontáneamente y sin medida guiado por el amor. Precisamente por ser “sin medida” el partero de la muerte necesita aprender a medir el impacto de esta labor en su propia salud integral. Hacer un balance entre la presencia plena y la ausencia responsable es clave. Vale tomar distancia por momentos o lapsos, disfrutar a conciencia de pequeños y no tan pequeños momentos como una ducha tibia, un estar en la cama descansando, leyendo, escuchando música, de un paseo por el internet o un parque, una salida al cine o a un café o una  buena comida con un amigo(a),la pareja,  para despejar la mente, cargar la batería, conectarse con la propia vida y con la de otros seres queridos. Cuidarse para cuidar significa también pedir ayuda, invocar las redes afectivas, abrirse para recibir en momentos en los que estamos dando tanto.

10. Confiar en el Amor Los seres humanos nacemos con un instinto de amor, protección, solidaridad y bondad. Uno de los grandes pensadores del siglo XX como Humberto Maturana  ha profundizado -desde la biología del amor - acerca de esta necesaria pulsión que ayuda a garantizar la supervivencia de la especie a través de lo gregario y la empatía amorosa con el otro. Mi última reflexión y aprendizaje de mi viaje de 5 semanas (tal vez ésta debería estar en el primer lugar) tiene que ver con la capacidad para entregarnos al proceso y confiar en el Amor que va brotando como un manantial que fluye siempre por el mejor camino hacia el mar. Los parteros de la muerte reconocen y confían en ese río amoroso, se dejan guiar por él, sin miedo, con la certeza y la confianza total de que, pase lo que pase, hagan lo que hagan guiados por ese Amor, será lo mejor y único que pudieron haber dado a ese otro amado ser humano.







El silencio del Titanic


Metro de Caracas, 9:00 a.m. febrero 2016:  consigo milagrosamente un asiento en uno de los vagones rumbo al este de la ciudad.

El vagón en el que viajo, uno de los 7 del imponente gusano de acero, está totalmente lleno: unas 300 personas, entre paradas y sentadas, ocupan las entrañas que se desplazan por los oscuros túneles del sistema.

Allí sentada vivo una de las experiencias más sorpresivas y movilizadoras de mi vida: aquella mañana, en aquel instante, ninguna persona hablaba. Allí  había hombres, mujeres y niños, solos o acompañados, nadie pronunciaba palabra. 300 gargantas inmóviles.

Un silencio estruendoso se extendía por los resquicios de los espacios que quedaban disponibles para el aire espeso; allí sentada, comencé a observar aquellos rostros callados en busca de lo que no decían.

Rostros serios, tristes, ansiosos, exhaustos, heridos, frustrados… con sus miradas perdidas en los laberintos secretos de sus vidas, cada quien librando sus batallas cotidianas o extraordinarias en la Venezuela que atraviesa la crisis más profunda de su historia contemporánea.

De pronto, en medio de aquel silencio hecho de vidas unidas por el destino en el mismo vagón, se escuchó, como música de fondo, el tema musical de la película “El Titanic”.

Respiré profundamente cada nota nítida de aquella pieza que trajo a mis células la inevitable y angustiosa sensación de un trágico e inmenso hundimiento. Me sentí repentinamente en ese barco.

Sentí como millones estamos en ese barco que hace aguas llevándose la vida de muchos, no hay suficientes botes para todos, el constructor pensó que era inhundible. Algunos de esos rostros que observo, que me observan, morirán, tal vez yo muera también… Tal vez no.

Sin embargo, y a pesar de todo, reconozco con alivio que me invade una certeza: Llegará la ayuda, flotaremos sobre pedazos de equipajes y muebles, nos montaremos en los botes que le sobren a los de primera clase, los sobrevivientes viviremos para contarlo, re-haceremos nuestras vidas y nos juntaremos de nuevo en un gran barco hacia hermosos y prometedores destinos, esta vez a prueba de icebergs y de arquitectos navales prepotentes y sordos.


Agradezco que el Caribe sea tibio… tal vez me toque flotar algunas horas más esperando el rescate.


Aquí y ahora

Aquí y ahora