Yo no olvido al año viejo...



Una popular canción de fin de año en Venezuela comienza con la agradecida frase “yo no olvido al año viejo, porque me ha dejado cosas muy buenas”; la inminencia de la llegada del nuevo año y la despedida del viejo me convocan de nuevo ante la pantalla blanca de mi laptop para verter mis principales vivencias, aprendizajes, y cosas buenas del año viejo que se va…

A continuación los cinco hitos de aprendizaje que me regaló el 2017:

1.El coraje, esa fuerza interior que todos tenemos aguardando su momento: el 2017 me dio la oportunidad de saber de qué estoy hecha. Entre abril y Julio participé en el 90% de las protestas de calle para defender la democracia de mi país, pisoteada y burlada por un régimen totalitario que se dice de izquierda pero que terminó siendo una impúdica y mentirosa narcodictadura al servicio de una cúpula cívico militar que mata a su pueblo de hambre y de mengua. Nunca en mi vida estuve tan cerca de los feroces cancerberos del tirano, quienes una y otra vez impusieron su bota armada, sus gases asfixiantes, sus perdigones, su chorros  de agua salvaje y hasta balas asesinas sobre los cientos de miles que tomamos las calles para decir ¡basta! y para mostrarle al mundo el verdadero talante de un régimen cuyo único objetivo es permanecer en el poder “como sea”. Muchas veces tuve que correr, esconderme,  respirar el terrible e irritante gas que paraliza, vi caer en el asfalto aguerridos  jóvenes heridos a quienes les robaron el futuro; muchas veces estuve en frente de las impávidas miradas llenas de odio y adoctrinamiento ideológico de la Policía Nacional y de la Guardia Nacional Bolivariana, y siempre me preguntaba: ¿qué es eso tan apetitoso o terrible que te hace enfilar tus armas en contra de tu propio pueblo? En verdad yo no sabía lo que era el coraje hasta que vez tras vez me alistaba a salir de nuevo, junto a miles de corajudos… se trataba de una fuerza mayor que me halaba, que me inyectaba energía y valor para salir a luchar por algo tan grande como lo es la libertad y un país próspero donde quepamos todos en paz y con instituciones democráticas que nos protejan para siempre de otra pesadilla totalitaria como la que aun vivimos. Gracias 2017 por enseñarme el coraje que hay en mí… (y en millones de otros).

  2. La grandeza, esa flor hermosa en medio del pantano: el 2017 me mostró una nueva cara de la grandeza humana, esa que surge de nuestra capacidad innata de amar. En un año donde la escasez, la pobreza, la falta de medicinas, la caída libre del poder adquisitivo, la desesperanza, proliferaron de forma exponencial en Venezuela, de igual manera proliferaron iniciativas humanitarias individuales y colectivas, internas y externas, gente compartiendo su comida, apoyando en campañas de recolección de fondos, alimentos, ropa, medicinas, juguetes… En nuestras fronteras y fuera de ella la empatía, las ganas de ayudar incondicionalmente, la resonancia y compasión con el dolor, la desesperación y la carencia, fueron tierra fértil para que la grandeza se dejara ver en todos sus colores y formas. Incluso las víctimas del horror se elevaron a través de su generosidad, al  dar lo poco que tienen, a otros que tienen aún menos. En este apartado no puedo dejar de nombrar la creación de una red internacional llamada Personas para Personas, conformada por coaches suramericanos  (en su mayoría argentinos) y su contraparte venezolana,  para apoyarnos con sesiones gratuitas y otras iniciativas de gran impacto, a los coaches venezolanos, quienes también requerimos contención para poder seguir ayudando a otros desde nuestro rol. He tenido ya cuatro sesiones maravillosas e impactantes con mi colega argentina Diana Mazal, quien me ha regalado con amor mucha luz acerca de mis acciones necesarias y herramientas fundamentales para poder transitar por esta dura tormenta sin naufragar. Y cuando hablo de grandeza, me conecto con referentes  de la biología del amordel coaching  como lo son Humberto Maturana y Julio Olalla respectivamente, a quienes les debo mis distinciones fundamentales para poder escribir hoy acerca de esta bella flor en el oscuro y pestilente pantano del totalitarismo, corrupción, violencia, hambre y muerte en que vivimos millones de venezolanos.

  3.La atención plena al momento presente, mi mejor presente: Definitivamente el 2017 fue el año de mi entendimiento profundo e integral de lo que es la atención plena y de su incorporación a mi vida como una manera de vivir. La atención plena no es más que conciencia, “una conciencia que se desarrolla prestando una atención concreta, sostenida, deliberada y sin juzgar, al momento presente” (Jon Kabat Zinn  en “Mindfulness para principiantes” ). Ya yo tenía más de 7 años coqueteando, en mis pininos, en el mundo de la atención plena y concretamente en la meditación, pero no fue sino en este año que está por despedirse, que pude vivir una experiencia muy marcadora para la cual tuve que esperar por casi 5 años: el curso de 10 días de meditación Vipassana, en total y absoluto silencio y con un promedio de 10 horas al día de práctica de la meditación en un lugar enclavado en la selva, rodeada de naturaleza y desconectada el mundo. De la experiencia del Vipassana, técnica budista de meditación, tomé lo que necesitaba para conformar al fin mi propia rutina de meditación diaria de 30 minutos, cruciales para poder aceptar lo que es, y no lo que quisiera o no quisiera que fuera, cruciales para aquietar mi mente para luego poder  encontrar en ella  las musas que necesito para mis creaciones, cruciales para mantener la calma en medio del huracán que pasa día tras día por mi vida en Venezuela amenazando con llevarse por delante mi salud, mi vitalidad y mi foco. A parte de la meditación, este fue el año, como dije, de incorporar a mi vida con más fuerza y conciencia la atención plena al momento presente: de escuchar, si estoy escuchando, de saborear, si estoy saboreando, de amar, si estoy amando, de abrazar, si estoy abrazando, y así sucesivamente en los distintos momentos cotidianos o extraordinarios de la vida. Definitivamente, mi atención plena al presente, fue el mejor presente (regalo) que me di y me dio este año.

  4.Las redes afectivas, esos úteros llenos de amor y calor:   Fue precisamente en el 2017, inmersa en el monumental reto de amanecer y atardecer cada día en la Venezuela de las carencias, que pude constatar el enorme poder contenedor y nutritivo de las redes afectivas que emulan un útero que me protege y me cuida. Soy bendecida de pertenecer a varias redes que hacen vida en la exigente comunicación síncrona del WhatsApp de mi celular y que se extienden en la asincronía del Facebook, entre las cuales hago especial mención a la red de mis amigos de la juventud, próximos a cumplir 40 años de graduados del bachillerato, a mis vivaces redes de colegas del coaching y la biodanza, a mi red de poepanas, con quienes he leído y sentido la poesía durante 30 años, a una hermosa red de profesionales venezolanos dispersos por el mundo creada por un amigo común de todos ellos durante los duros meses de la resistencia; no quiero dejar de mencionar una última red, recién creada en el mes de noviembre por una querida prima, a raíz de la muerte de uno de mis primos en España: la red de toda mi familia materna que en este momento tiene 4 generaciones llenas de vida. Ha sido fascinante y reconfortante el intercambio de fotos antiguas, de anécdotas familiares, de árboles genealógicos, de recetas, de imágenes de tíos, primos, primitos, en donde he podido conectarme por primera vez en muchos años, ya desde la mirada y el sentir de la adulta, con la fuerza y el legado de mis ancestros, con la sangre que nos une más allá de las distancias geográficas y de las diferencias naturales en estilos y formas de vivir. En todas estas redes encuentro el amor, la solidaridad y el calor humano que necesito. Agradezco a todos y cada una de las personas que están en mi vida “enredadas” en estos ovillos de afecto, por todo lo que me dieron en este 2017.
  
  5.El poder de la biodanza, desde el otro lado del río: Luego de 7 años y medio de hacer biodanza semanalmente, y de 4 años de haber iniciado mi formación como facilitadora de biodanza, un maravilloso sistema de “ integración humana, renovación orgánica, reeducación afectiva y reaprendizaje de las funciones originarias de vida” creado hace ya 40 años por el antropólogo y educador chileno Rolando Toro y expandida por todo el mundo, tuve por fin el regalo y el valor de diseñar y facilitar las 8 sesiones de biodanza supervisadas exigidas por la Escuela Venezolana de Biodanza y su contraparte internacional para optar al certificado de facilitadora. Desde el lado del facilitador, el 2017 me regaló la oportunidad de vivenciar el poder de este sistema a través de los cambios y testimonios semanales del maravilloso grupo que amorosamente me abrió su corazón, su espacio y su danza para que yo pudiera tener esta experiencia marcadora. No tengo  palabras para expresar lo que sentí  “de este lado del río” cuando, siendo sólo un instrumento vivo que entregaba el sistema en la vida de otros, ví y sentí su inmenso poder transformador. Esta experiencia me reconfirma  la importancia de incorporar el cuerpo como una vía fundamental y complementaria de acceso al conocimiento, al “darse cuenta” y me anima, como coach ejecutiva y facilitadora empresarial, a seguir  incorporando con éxito y coraje la vía corporal en mis programas de desarrollo de liderazgo, cada vez más convencida de que en el  temido y negado territorio  del cuerpo se encuentran importantes claves para el crecimiento y la transformación de individuos, comunidades y organizaciones.


Mi 2017 tuvo muchas otras  cosas buenas que no quisiera dejar de nombrar, como el avance y consolidación de mi relación de pareja a mis 57 y a sus 65 ¡delicioso amor de otoño!, tuve a mi hija  bajo mi techo avanzando en su postgrado de psicología clínica y consciente de la fortuna que significa poder abrazarla aun con mis 37°C  y consentirla (90% de mis amigos ha tenido que despedir a sus hijos que han alzado el vuelo hacia otras latitudes huyendo de un país sin futuro para ellos), realicé grandes descubrimientos y avances en mis dos procesos personales de coaching, en lo laboral disfruté de trabajo muy satisfactorio, nuevos y estimulantes clientes,  innovadoras ofertas de servicio ¡y avancé significativamente en la oferta de coaching ejecutivo via Skye/Zoom fuera de Venezuela!  Agradezco infinitamente a la vida tantas bendiciones. En medio del desierto he podido encontrar y cultivar los oasis para sobrevivir.

Por supuesto también hubo lágrimas, preocupaciones, temores, dilemas… de eso está hecha la vida también… siendo de las cosas más dolorosas la muerte de una gran amiga/hermana y su hija (también como hija mía) en un accidente de aviación, la muerte de un  amigo espcial de juventud en las garras del cáncer de colon y de dos queridos primos hermanos aproximadamente de mi misma edad, así como la muerte de 130 jóvenes con quienes compartí asfalto,lucha y sueños durante 4 meses en las calles y autopistas de Caracas, e innumerables despedidas de familia, amigos y vecinos que emigraron.

Yo no olvido el 2017 ni sus valiosas enseñanzas, y me preparo para el 2018 con los pies bien puestos sobre la tierra que piso y amo, con fuerza, foco y esperanza convencida de que será un año de cambios profundos y traumáticos para bien de mi país, de mi vida y de mi gente amada.


¡FELIZ AÑO!

Mi alcoba blanca en Alepo

Foto: Joseph Eid AFP 
Este es Mohammad Mohiedine Anis de 70 años, captado para siempre en un solaz e íntimo  momento de regreso a su casa en Alepo, ciudad siria arrasada por la guerra. Ya no vive allí, pero regresa de tanto en tanto llevado por sus pies con memoria, se sienta en la que fuera su cama, enciende su tocadiscos intacto y su pipa fiel, y se deja inundar por el placer de las notas de la canción “Hekaya” (historia) y por las bocanadas aromáticas de su pipa.

En ese momento, no existe para él más que la música, el aroma, y el placer y la certeza de estar vivo,  aun en medio de la destrucción, el caos y  la muerte.

Esta foto viral y su historia las conocí gracias a un querido amigo que las colocó en uno de mis chats de WhatsApp, con una grabación de una locutora de radio que hacía referencia a la misma en su programa. Desde que la vi, primero en la pantallita de mi smartphone, luego más grande en mi PC, quedé impactada, atrapada;  pasaron los días y me descubría con inquietud  rememorando la imagen que  venía a mi cabeza una y otra vez como olas de mar que llegan y se van, hasta que finalmente arrojó a mi playa una botella con su mensaje y respuesta dirigidos especialmente para mí:

Nunca he estado en Siria, ni en un país destruido por la guerra, pero descubrí que la Siria y la guerra presentes de manera tácita en esa imagen de AFP estaban en mí, que yo también estaba en ella.

Cada vez que veo la foto, la habitación destruida se transforma en el país que habito: escombros por doquier, soledades del exilio sobrepoblando el espacio más allá de la ventana; el anciano soy yo, con mi necesidad institiva de estar en ese lugar luminoso a pesar de los destrozos; de estar allí, en la alcoba, sobre ese lecho lleno de recuerdos donde otrora reinaba la vida; el tocadiscos y su música es todo aquello que me llega desde afuera y me nutre el alma, me hace danzar, crear, sentir, amar; la pipa que aspiro con serenidad es todo aquello que inhalo e incorporo en mi organismo, que hago mío con placer, para bien o para mal de mis pulmones, en medio de tentadores deleites aromáticos.

En la  foto de ese instante eternizado yo, como Mohamad, miro, escucho  y sostengo sólo la fuente de mis placeres, lo que me ata a una vida que merece ser vivida; en medio de los escombros emerge una belleza indómita que me abraza y no me deja ir. La luz del sol entra por la ventana a raudales e ilumina por igual lo bello y lo feo, lo entero y lo roto: y yo solo miro el tocadiscos que me regala esa canción que tanto amo.

A diferencia de Mohamad, yo no me he ido de esa casa, no necesito regresar de tanto en tanto como él… sigo allí, por alguna razón inexplicable, juego a la certeza de que ninguna bomba podrá destruir mi tocadiscos ni mi pipa, y que los escombros serán, más temprano que tarde, fascinantes invitaciones a re-construir, a hacer de nuevo, a llenar de vida y placeres esa alcoba blanca que supo cuidar la música y el humo que me mantuvieron viva y aun sonriendo durante tanto tiempo en medio de la guerra.

Allí permaneceré, meditativa y presente en mi alcoba  herida, soñando con la reconstrucción, mientras las bombas no destruyan la fuente de mi música ni desaparezca de las estanterías la dulce picadura de mi pipa.

Vipassana: Armando mi rompecabezas



Vipassana es una de las técnicas de meditación más antiguas, orientada al logro de la felicidad y a la liberación del sufrimiento a través del manejo enfocado y ecuánime de la mente en las sensaciones del cuerpo, en el marco de un esquema no sectario,  ni religioso, con preceptos universales de amor, compasión, armonía, cuidado de la vida. Fue desarrollada por Budha hace 25 siglos y entregada al mundo de generación en generación, enseñada por maestros que tuvieron el cuidado de mantener su pureza.

En 1969, S.N  Goenka,  birmano de ascendencia hindú, luego de aprender la técnica y hacerse maestro, sintió el llamado de encontrar un esquema en el que mucha gente en todo el mundo pudiera aprenderla también para su inmenso beneficio, fue a la India y allí desarrolló el concepto del curso gratuito de 10 días dictado en los centros Vipassana, en lugares apartados de las ciudades,  en muchos países, financiado por donaciones voluntarias de estudiantes antiguos.

Hace solo 5 años tuve conocimiento de la existencia de esta insólita posibilidad, que implica sumergirse durante 10 días con un grupo de personas, sin ningún tipo de contacto con el mundo exterior (ni celulares, PC´s, TV´s, tablets, etc. nada que distraiga de ese monumental viaje interior), en silencio total durante todos esos días y con una agenda diaria intensa de horas de meditación en las que día a día los participantes vamos avanzando en el aprendizaje e incorporación de la técnica.

Desde entonces había soñado con vivir esa relevante experiencia, en torno a la cual siempre  se escuchaban  inquietantes historias de  gente que no lo logra, que abandona los primeros días, dado su alto nivel de exigencia; pero no lo había podido hacer porque estaba sola en Venezuela a cargo de mis dos padres ancianos y me parecía muy riesgoso dejarlos 10 días sin poder comunicarse conmigo en caso de alguna necesidad o emergencia.

Dicen que cuando el alumno está listo, aparece el maestro (y el momento)… y así fue: mis padres ancianos murieron y el universo conspiró flagrantemente para que al fin pudiera aventurarme en esa gran interrogante de crecimiento y evolución llamada Vipassana.

Escribo estas líneas a escasos dos días de mi regreso; necesitaba un tiempo para digerir esa vivencia tan marcadora, sobre la que quiero compartir algunas experiencias sobre un par de temas que inquietan a muchos.

Sobre el noble silencio:  Amigos y conocidos se espantan cuando saben que Vipassana requiere lo que Budha llama “el Noble Silencio”, algunos me decían:  ¿qué?? ¿10 días sin hablar con nadie? ¡yo me volvería loco! Afortunadamente, nunca le temí al silencio: desde niña solía buscarlo como alimento para la reflexión y creación. Vipassana me regaló un banquete de silencio que me permitió escuchar con agudeza sonidos fascinantes como el aire al entrar y salir de mis pulmones llenos de vida, el sonido del roce de los distintos tejidos de las ropas en movimiento, el canto diferente de cada especie de pájaro en las distintas horas del día, el concierto de grillos al anochecer, el zumbido profundo del vuelo de un colibrí, el alboroto del viento entre los frondosos y enormes árboles de la selva tropical, las gotas diminutas y sutiles, o grandes y fuertes de la lluvia sobre la tierra y las piedras, el viaje dulce del río montaña abajo… Sin duda, el silencio fue el mejor aliado de la meditación, de la concentración y del foco. Imposible realizar el profundo viaje interior de Vipassana sin la compañía de este noble compañero.

Sobre el aislamiento:   ¿Se imaginan pasar 10 días sin ponerle la mano encima al Smartphone, o a cualquier dispositivo de tecnología de información y comunicación? ¿sin WhatsApp? ¿sin Facebook? ¿sin Google? ¿sin Instagram? ¿sin leer un libro o alguna información que nos regala la red? ¿se imaginan no saber nada de la familia, del país, del mundo? ¿se imaginan? Este es otro tema aterrador para mucha gente. Esto sí que fue más complicado… en las horas de descanso me preguntaba por mi gente querida, por los acontecimientos en mi país, Venezuela, en uno de los momentos más críticos de su historia contemporánea. Decidí confiar… confiar en que si sucedía algo malo a mi familia, lo sabría, lo sentiría de cualquier manera, decidí dejar que el mundo allá afuera siguiera girando sin mí en mis predios habituales. No soy indispensable y eso fue una excelente reconfirmación. Constaté también que, al igual que el silencio, el aislamiento y la desconexión son vitales si queremos sumergirnos profundamente en el viaje de aprendizaje de Vipassana.

En mi largo itinerario de vida por el agnosticismo, por la psicoterapia Gestalt, por la Biodanza, he ido armando un fascinante rompecabezas que responde a mis preguntas fundamentales y existenciales como: ¿qué implica ser un ser espiritual teniendo una experiencia humana? ¿y un ser humano teniendo una experiencia espiritual? ¿cuál es el camino para la liberación del sufrimiento (no del dolor inherente a la vida misma)? ¿cómo vivir para alcanzar (y compartir) más felicidad?

Vipassana resultó ser una pieza importantísima en ese rompecabezas. 

No fue nada fácil llegar hasta el final. Siempre supe que podría hacerlo, pero la experiencia fue una de las más retadoras de  mi vida, mucho más difícil de lo que pensé.


Agradezco hoy a Budha por su inmenso y generoso  aporte, a todos lo que transmitieron esta joya de generación en generación por 2.500 años, a todos los que hicieron posible que yo hoy, a mis 57 años, haya recibido con tanto amor y dedicación todo este conocimiento que enriquece inmensamente mi arte de vivir.

El pasado como manantial

Foto del 3er, Encuentro en Caracas el 15-10-16


El pasado puede ser manantial que hace brotar agua cristalina que nutre y refresca, o desagüe, que se chupa hacia las entrañas oscuras de la vida, toda la energía de la vivencia presente y el avance hacia el futuro que va emergiendo.

El pasado llega de pronto y sin aviso, sobre el lomo de una canción significativa de otra época, en la mirada de una fotografía con rostros y situaciones, en el encuentro fugaz con otros en un funeral, en un supermercado o en una calle del mundo.

En los últimos tres meses el pasado ha llegado hasta mí de una manera jamás pensada: una querida compañera1 de bachillerato, quien vive desde hace varios años en los EUA, creó un chat de WhatsApp con un grupito que luego fue creciendo, de los que nos graduamos en el colegio hace 38 años. Ya otro compañero2, desde Canadá, había realizado un intento previo por el Facebook. La semilla estaba viva y servida en tierra fértil. Agradezco a estos dos grandes arqueólogos de números celulares y afectos, por esta iniciativa de tan alto impacto en mi vida .

Fueron pasando los días y los meses, fueron apareciendo en el chat 48 nombres, con sus rostros, sus historias, su pasado compartido, su memoria y sus olvidos.

De los 48 nombres, el 70% decidió tener una presencia contundente, del resto, intuyo que algunos  no alcanzan a ver el chat, pese a sus intenciones iniciales, que compite con mil y una demandas de la vida y de otros chats, mientras otros, los menos, están atentos, observan, escuchan, desde la periferia, desde  el silencio activo, desde un espacio válido, curioso y expectante; cada quien desde donde necesita estar.

En ese espacio virtual y sagrado, todos los días hay café por la mañana, música hermosa y pertinente escogida por un ser muy presente y querido  que tiene el don de tocar las almas a través de las notas ancladas en el pasado y necesarias en el presente.

En ese chat se han abierto los corazones en momentos donde la tragedia ha tocado la puerta y donde el apoyo ha brotado con esa misma fuerza y espontaneidad del manantial, en ese chat hemos tenido encuentros virtuales de fiesta hasta la madrugada, con tragos, risas, música, anécdotas, cantos en vivo compartidos en notas de voz, delicias para degustar, fiestas fantásticas con amigos del alma repartidos por Venezuela, España, Canadá, Alemania, Suiza y los Estados Unidos, allí hemos conversado sobre política, espiritualidad, salud, plomería, allí hemos vuelto a vivir la estimulante y sanadora experiencia de una convivencia sana y estimulante, llena de diversidad, cuando los miembros del  grupo pueden pensar muy diferente, expresar su pensar, sin ser juzgados o etiquetados. Allí se cuida la relación como a un recién nacido cuya gestación tomó mucho tiempo, con delicadeza, respeto, aceptación.

Ese chat trajo también el hambre de los encuentros en 3D y a los 37 °C de los abrazos cálidos, emocionados y afectuosos; en Caracas ya han tenido lugar 3 de esos inolvidables encuentros, en los EUA otros tantos… nada como encontrarnos con lo que somos de lo que fuimos, bailar la música que movió nuestros pies jóvenes, recordar… ¡y recordar es vivir! Nada como descubrir en los cambiados rostros y cuerpos del hoy, las huellas de lo que se ha mantenido intacto en 4 décadas: la luz de las miradas únicas y los 7 cm de las  sonrisas genuinas acompañadas del reconfortante “Estás igualita” derivado de los ojos del amor, que se reservan el derecho a cierta ceguera.

A ese chat me provoca entrar (cosa no tan frecuente en otros), viajar con avidez con mi dedo deslizante por muchas líneas, imágenes, videos. Allí siento que pertenezco. Me tomó 38 años encontrar ese lugar.

Pero el regalo más grande que me ha dado este espacio -y todas sus ramificaciones reales y virtuales- ha sido la oportunidad de re-definir y reforzar la que soy a través de la mirada del Otro. Me asombran y conmueven afirmaciones y recuerdos de mi huella dejada en otros desde aquellos lejanos 70´s, pedazos de mí que yacían enterrados en el pasado y que he ido sacando e incorporando a ese rompecabezas de nunca acabar que es la construcción de  mi auto-imagen. Y todo esto llega en un momento de mi vida de profunda re-visión (de “volver a ver”), de tomar decisiones alineadas con lo que me está pidiendo la vida que haga en base a los talentos que he ido desarrollando a lo largo de ésta, a partir de mi propia identidad. Llega además en un momento, en donde, para los que aun permanecemos en Venezuela, se impone la necesidad de buscar activamente oasis y refugios que nos protejan de naufragar y morir en la peor tormenta de la que tengamos memoria.

Bendigo haber nacido en el siglo XX, cuna tecnológica del internet, de las redes, de la comunicación síncrona. Nunca pensé que aquel programa que me fastidiaba tanto usar porque me sacaba de mi foco, el Messenger lanzado en 1999 por Microsoft, y que sería germen de lo que sería luego el WhatsApp, me haría, años después, este regalo, esta posibilidad de re-encuentro con mi pasado, con la que fui, con la que soy desde aquellos tiempos de bachillerato.

¡Qué viva este manantial del pasado que se hace cada vez más río, en donde me sumerjo feliz y me re-encuentro a través del re-encuentro con otros!



Esto, NO TIENE PRECIO.

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(1) Tibisay Ellis
(2) Roberto Acosta

Aquí y ahora

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