Crisis financiera en mi vía láctea


Observo cómo la sección de economía de mi diario engorda cada día de manera alarmante, a punta de gráficos y más gráficos con líneas de colores que sólo bajan en picada desde alguna cima atónita.

En esta danza de cifras astronómicas de pérdidas y planes de rescate, de rostros de funcionarios y corredores esculpidos por la angustia y congelados en todos los medios como vitrinas de horror; en esta danza de toboganes por los que sólo se puede bajar, de opiniones expertas y no tan expertas donde no encuentro ni una sola señal de luz al final del túnel, porque nadie sabe donde termina el túnel, me siento pequeña, muy pequeña… demasiado pequeña, como un puntito levemente azul en la vía láctea.

Me pregunto desde mi pequeño mundo de transacciones cotidianas accionadas por los verbos trabajar, cobrar, comprar, pagar, vivir... me pregunto: ¿cómo diablos pasó? ¿qué significará para mi vida sobre la tierra este tsunami planetario en las próximas décadas en las que aspiro a seguir viva? ¿cómo es que decisiones que yo nunca tomé pueden cambiar mi vida –y la de cientos de millones de personas- en los próximos años?

Me sigo sintiendo pequeña, muy pequeña ante lo gigante y complejo de un mundo tan sistémicamente vinculado e interdependiente que un aleteo de mariposa, perdón, de águila, en Wall Street, puede desencadenar una tormenta financiera en el resto del mundo y sacudir hasta mi pequeño puntito azul.

En esta noche llena de preguntas en mi bóveda celeste, decido apagar mi lámpara, para ver de qué tamaño soy realmente…
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Mi Lámpara
Por Eugenio Montejo
Venezuela, 1948-2008


De noche, al apagarla, en mi silencio
puedo oírla rezar
Cansada ya de arder, de tanto estar en vela
frente a la oscuridad del mundo,
ruega no sé en qué lengua solitaria
por ti, por mí, por todos los que doblan
atormentados el último periódico
y en sueños apartan la sombra de sus letras,
como quien ya no indaga, aunque le importe,
cuánta vida nos guarda la tierra todavía
cuando mañana se despierte.

Bonsai de Tigre

Fotografía: "Lulú" por Guadalupe del Río
Un maullido corto, dulce, anhelante, llama mi atención y me saca de mi horizontal lectura del último libro de Daniel Goleman “La Inteligencia Social”.

Siento de pronto una masa tibia, felpuda y latiente que se instala en la cuenca de mi brazo izquierdo sobre mi cama. Volteo, y un par de ojos verde-helecho complementan el llamado a la caricia, a la respuesta de un “¡Hola Linda!”

Hundo mis dedos en el césped suavísimo del vientre de Lulú, siento el pulsar de su corazón felino a 190 latidos por minuto, el calor de sus 5 kilos de pura vida, el motor encendido de su garganta alborozada de tanto y tanto placer prodigado por mi mano que se diluye entre las rayas negras de su geografía.

Agradecida por mi paréntesis, instalada en el nirvana de mi cama y acunada a mi lado, Lulú se va entregando a un sueño profundo y relajado que me contagia y me empapa de una paz difícil de describir… retomo entonces a Goleman con bastantes gramos de placer más sobre mi espíritu que la lectura agradece.

En este instante, soy claramente conciente de esta conexión profunda con mi pequeño bonsai de tigre, que -en vez de andar en su versión gigante por las laderas asiáticas- me regala su estela rayada, su maullido intencional y su pelambre suave en las cuatro paredes de mi continente.

¿Qué importa una que otra huella de garras desvariadas en el sofá? ¿o alguno que otro charquito travieso y desubicado? ¿qué importan algunos pelos olvidados sobre mi colcha al lado de este recordatorio diario de que el humano no está solo en el reino animal, de que hay miradas y cuerpos cuadrúpedos a nuestro lado que también aman y son amados?

Vivir en peligro


Lo intuía, lo sentía, lo imaginaba… hasta este instante en que los resultados del estudio publicado por la revista Foreign Policy, se encargan de abofetearme esta verdad con la noticia sin retorno de que vivo en la ciudad más peligrosa del mundo: Caracas, con 130 homicidios por cada 100.000 habitantes, seguida por Ciudad del Cabo en Sudáfrica con 62 homicidios por 100.000 habitantes, (más de 12 por 100.000 hab. es considerado motivo de preocupación por organizaciones expertas en el tema).

Me estremezco, pienso, busco en mi mente: No hay familia conocida por mí (comenzando por la mía) que no haya aportado a la fuerza su número a las estadísticas de la violencia, bien sea de robo o hurto, secuestro express u homicidio.

Sigo navegando en los números y encuentro que el 82% de los venezolanos vivimos con el convencimiento de que existen altas probabilidades de ser atacados para robarnos en cualquier momento, 53% hemos sido víctimas (o alguno de nuestros parientes) de la delincuencia en los últimos meses.

Cifras y más cifras que albergan historias de horror, dolor, síndromes post-traumáticos, impotencia, rabia, miedo.

En este instante en que todas estas cifras suenan en las teclas mi laptop, observo por la ventana la estampa de un hermoso día de sol, claro y colorido; miro a Caracas desde mi piso 13, mientras ella me mira a mí con sus mil ojos cuadrados, guardianes de millones de aconteceres. Tomo conciencia de lo que significa emprender el rumbo de la Vida cada mañana en esta ciudad acechante y al mismo tiempo invitadora, amada, natal. Me pregunto ¿cómo lo hago? ¡y ciertamente lo hago! ¿qué hago para defender la Vida (así, con “V” mayúscula), la Vida luminosa, con sus momentos de alegría y ganas de seguir, la Vida de logros, de compartir, de hacer, de aprender, de soñar, de dar, de recibir, de moverse, de amarse, de dormirse en paz, la Vida de producir, de construir, de ir y regresar ?

¿Cómo hago para salir a la calle? ¿para adentrarme con valentía en la noche urbana cuando me invita emocionada con presagios de disfrute o cuando me recuerda mis deberes de madre choferesa? ¿cómo hago para alegrarme cada vez que mi auto aun me espera en el sitio de la calle donde lo dejé? ¿Cómo vivo en la ciudad más peligrosa del mundo? ¿Cómo hago para no morirme de miedo? ¿para no tener pesadillas y despertarme en la mitad de noche con milisegundos de duda sobre si los bombazos de mi corazón responden a la realidad o al sueño?

Muchas preguntas, una sola respuesta: ELIJO.

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Fuentes:
The List. Murder Capitals of the World. Foreign Policy. Sept. 2008.
David Paulin. Caracas Murder Capital of the World. Oct. 2008.
Alfredo Keller y Asociados. Estudio de Opinión Pública Nacional. Sept. 2008.
Tulio Hernández. Pueblicidio. Siete Días. El Nacional. 5-10-08


Aquí y ahora

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