Niña en la oscuridad...

Hoy es un día sin luz… un día sin esa chispa que puebla el televisor de imágenes, la nevera de frío, el teléfono de rings, la PC de rostro y de Internet. Hoy es un día de esos donde el diálogo de lavadoras, secadoras, microondas, radios se interrumpe dando paso a un silencio atronador, casi desconocido, desacostumbrado, ajeno a la vida…del siglo XXI.

Desde las 10:00 a.m. la corriente eléctrica que da vida a mi casa, mi edificio y mi urbanización se detuvo de golpe en alguna sub-estación incendiada, calle ciega del flujo rutilante de electrones que viajan desde las grandes plantas generadoras hasta el último aparatito vibrante en el último hogar sediento, como transportados por microscópicos vasos capilares al corazón de las células.

La noche arriba con su oscuridad obligada, desde el balcón vemos parches negros que alternan con puntos de envidiada luz. Mi hija y yo sembramos de velas los rincones estratégicos del hogar, lo tenue, suave y silencioso se hace sentir en la noche que avanza sin noticias y sin pistas.

Yazco en mi cama con mi hija adolescente, haciendo tiempo, cubiertas ambas de silencio e imposibilidades y surje de pronto entre nosotras la gran antítesis: la posibilidad de un gran contacto, sin distracciones de ningún tipo: TV, Internet, Teléfono, CD… un contacto puro de diálogo, de escucha, de atención… la oscuridad y la cama ancha me traen de mi infancia mi antiguo juego de darle vida a mis dedos índice y medio derechos, quienes deciden irse a caminar por la ancha sabana que me separa de mi hija, subiendo cuestas de almohadas, tarareando una melodía infantil y recién creada: la conciencia de estar siendo niña con mi niña me toma de pronto, disfruto mi regresión, mi juego, mis dedos juguetones en busca de aventuras y cosquillas. Una sensación de inocencia me plena, ese “ser niña en la oscuridad” sin fronteras, sin “deberías”, sin frenos. Re-descubro con fuerza a la niña que yace siempre en la oscuridad y que salió de paseo esta noche, precisamente en la oscuridad. En un delicioso delirio de paradojas, de incongruencias, de celos territoriales, escucho la voz seria y contundente de mi hija que me dice. “Mamá, no seas niña! Mi corazón sonríe en silencio, pleno de conciencia.

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