Desde esta orilla en las entrañas del tren, a un lado de la cinta transportadora de la caja de Supermercado, veo como sonríen –uno a uno con su dentadura de código de barra- los productos en tránsito hacia mi cocina que espera ansiosa la carga prometida y estrictamente necesaria.
A cada beep correspondido, veo un número luminoso y verde que va creciendo poco a poco, más y más, MÁS Y MÁS: primero los dos tímidos decimales, luego la unidades, las decenas y las centenas, todas ellas corren unas detrás de las otras desatando palpitaciones…
¿qué nueva frontera atravesará ese número en pocos segundos? He deambulado perdida desde hace meses en mis propios pronósticos siempre errados de la cifra final: Hoy mi organismo ya no hace pronósticos, se acerca con miedo al momento en que la palabra TOTAL haga su inevitable aparición en el cuadro.
Entretando, los Bolívares finitos de mi cuenta bancaria se preparan para salir para siempre de la cálida bóveda electrónica a donde habían llegado hace poco, producto del ancestral trueque de trabajo por dinero.
El temido número se enciende de pronto en la pantalla, con su mandato inobjetable; mis dedos marcan el adiós definitivo en el punto de venta, mientras las voces de otras necesidades se apagan con triste e indignante resignación en la cola de lo que debe esperar.
¿Dónde se para este tren?
A cada beep correspondido, veo un número luminoso y verde que va creciendo poco a poco, más y más, MÁS Y MÁS: primero los dos tímidos decimales, luego la unidades, las decenas y las centenas, todas ellas corren unas detrás de las otras desatando palpitaciones…
¿qué nueva frontera atravesará ese número en pocos segundos? He deambulado perdida desde hace meses en mis propios pronósticos siempre errados de la cifra final: Hoy mi organismo ya no hace pronósticos, se acerca con miedo al momento en que la palabra TOTAL haga su inevitable aparición en el cuadro.
Entretando, los Bolívares finitos de mi cuenta bancaria se preparan para salir para siempre de la cálida bóveda electrónica a donde habían llegado hace poco, producto del ancestral trueque de trabajo por dinero.
El temido número se enciende de pronto en la pantalla, con su mandato inobjetable; mis dedos marcan el adiós definitivo en el punto de venta, mientras las voces de otras necesidades se apagan con triste e indignante resignación en la cola de lo que debe esperar.
¿Dónde se para este tren?
