
Jueves, 6:00 p.m.: Un viento fresco y subterráneo golpea de pronto mi rostro anunciando la llegada del Metro.
Las puertas se abren y soy devorada en segundos por una fuerza colectiva que me empuja hacia las entrañas vivas del vagón.
Adentro, tomo conciencia de que limito -a presión- por el norte, por el sur, por el este y por el oeste con decenas de ojos, de extremidades, axilas y torsos, que viajan en ese instante sobre los mismos rieles hacia los más disímiles destinos.
La ropa, es la única mordaza del diálogo anónimo entre estos cuerpos viajeros, desconocidos y unidos por el azar urbano en las arterias de la ciudad cómplice.
Hoy, lo íntimo y lo extraño compartiendo el mismo "aquí y ahora", ha dejado de ser un imposible.
