Mensaje de espalda




Tarde lluviosa de Julio, 5:15 p.m. Foso Av. Libertador, Caracas.

Las infinitas posibilidades de la circulación vehicular me ubican exactamente detrás de un minibús cuya espalda me dice: “En honor a Wuilfredo, mi gran hermano”.

Las letras verdes sobre fondo blanco y soleado, grandes, protagónicas, me hablan de una historia de despedida, de duelo, de ausencia definitiva; de un chofer urbano que le dice al mundo “he perdido a un hermano que amaba”.

De tantos y tantos mensajes a las espaldas de minibuses, éste se queda petrificado en el reflejo cóncavo de mis ojos: un largo trayecto de lento tráfico me ayuda a perseguirlo… de pronto lo siento misteriosamente vivo en mi organismo.

En nada se parece a “El enterrador” y su potencia subliminal, o a “A Milady y Yesenia, mis hijas queridas” con su amor paterno y meloso chorreando por la ciudad, ni mucho menos a “Toño el Amable: su taller de confianza”, en busca de clientes en los ríos de peces metálicos de la ruta Plaza Venezuela-Petare.

Casi con desesperación, saco mi teléfono celular para usarlo como cámara fotográfica y congelo para siempre este encuentro entre un minibús y un Lancer del 98, entre un hombre que ya no escucha la voz de Wuilfredo, su gran hermano y una mujer que se despidió para siempre un día inenarrable de Luis Alberto, su único hermano varón.

El descubrimiento y la constatación de esta invisible realidad que me conecta con mi vecino de enfrente, me golpea de fascinación y dolorosa nostalgia; son esos mensajes de espalda que llegan directo a la frente del corazón:

“En memoria a Luigi, mi amado hermano”.

Aquí y ahora

Aquí y ahora