Instrucciones para mi funeral


Si, de nuevo mis pasos me traen a este recinto, una de las capillas fúnebres más importantes de la ciudad de Caracas, la única que se ufana de ser la antesala del vasto y verde Cementerio del Este.

Esta vez no conozco al fallecido, ni tuve el más mínimo impulso de acercarme a su fugaz ventana para verle la cara por primera y última vez. Tampoco conozco a sus deudos, los cuales voy descifrando por edades, cercanía al féretro y nivel de inundación en la mirada. Llego hasta él a través de quien fuera su nuera, conectada a mí a mediante esos puentes colgantes que son las relaciones profesionales.

Esta distancia emocional me permite- por primera vez- dejarme invadir poco a poco por la solemnidad de la muerte y sus ritos, sentir, pensar y descubrir…

Se acerca el definitivo momento de clausurar el féretro para siempre y emprender el viaje hacia la tierra… un sacerdote católico inicia una misa postrera, salpica con gotas de agua bendita la hojalata disfrazada de madera, gotas que caen sobre su blanco como lágrimas derramadas por unos ojos sin rostro.

Observo la sincronía de los gestos de los presentes, expertos conocedores de este rito, escucho las palabras acordes del sacerdote, quien hace su trabajo con estricto apego a su partitura de salmos y coros. Y yo pienso, en mi aquí y en mi ahora, “algún día seré yo también un cadáver en el centro de un coro de silencios, sin voz para opinar sobre el destino de mis huesos”.

Tomo entonces conciencia de lo ajeno de ese rito para mi, me invade una clara y desconocida inquietud al imaginarme como protagonista inconsulta de un evento como el que observo… me doy cuenta de que no quiero lágrimas benditas sobre mi féretro, ni salmos ni coros, ni tierra rectangular por morada.

Pienso: “yo no estaré para pedir lo que quiero cuando llegue el día…” ¿cómo sabrán entonces mi sobrevivientes los deseos que he tenido en este revelador instante de espectadora?

De pie, en este funeral distante, voy encontrando en los vericuetos de mi mente, uno a uno, los detalles de congruencia que hoy anhelo para mi despedida definitiva:

Quiero:

Flores sueltas, sin formas ni anclas… libres, coloridas y olorosas, capaces de tentar a algún colibrí errante.

Fuego, en vez de tierra y agua… fuego que me haga cenizas para volver a la Tierra y hacerla más fértil.

Poesía, en vez de oraciones… versos que hablen por mí -sobre la Vida y la Muerte- desde mi silencio eterno.

Música, en vez de coros de “y brille para ella la luz perpetua”; notas que esparzan por el aire los ritmos y melodías que alguna vez alegraron mi paso e hicieron menos triste la tristeza.

Un huequito cálido en la tierra, en vez de una fosa con boca grande y hambre de féretro; para acunar con mis cenizas un pequeño y poderoso árbol sembrado en un lugar asequible al pie de mi Avila verde y confidente (la gran montaña que me vio nacer en mi natal Caracas) o en algún parque público de mi valle querido. Tal vez algún día, bajo sus crecidos brazos generosos en sombra, un nieto pueda abrazarme y sentir mi savia viva viajando hacia los cielos. Sólo eso.


Lástima que no estaré presente para presenciarlo.

Aquí y ahora

Aquí y ahora