
El ataúd reina en el centro de la capilla; a través de su pecho abierto se observa el holograma de la vida, la última fisonomía posible. Sobre la media tapa inferior, se extiende con sus brazos abiertos y protectores, la infaltable cruz de crisantemos blancos.
Mientras tejo sentidas palabras con otros dolientes un par de pasos más allá, se cuela súbitamente en el espacio, un colibrí con sus 80 revoluciones por segundo. Observo –paralizada- cómo se detiene esta pincelada verde metálica, casi levitando, en el buffet abierto de las flores fúnebres.
Se tele-transporta de un manjar a otro, en un festín insólito de blancos multitonales, mientras abajo, adentro… la Muerte es más Muerte cuando siente sobre su rostro el suave huracán de vida que el vuelo del comensal deja a su paso breve en este lugar equivocado.
Mientras tejo sentidas palabras con otros dolientes un par de pasos más allá, se cuela súbitamente en el espacio, un colibrí con sus 80 revoluciones por segundo. Observo –paralizada- cómo se detiene esta pincelada verde metálica, casi levitando, en el buffet abierto de las flores fúnebres.
Se tele-transporta de un manjar a otro, en un festín insólito de blancos multitonales, mientras abajo, adentro… la Muerte es más Muerte cuando siente sobre su rostro el suave huracán de vida que el vuelo del comensal deja a su paso breve en este lugar equivocado.
