
Vengo de encontrarme con la angustia en uno de esos recodos naturales de una tarde en que las circunstancias se alían a la tragedia ajena, pero sentida como propia; me zafo de su abrazo y encamino mis pies con determinación hacia la Bombonería “Kakao” en el vientre subterráneo y cultural de la ciudad de Caracas.
Entro en un oasis decorado con flores de riqui-riqui naranja, en busca de esa taza blanquísima y grande, plena de una lava ardiente de chocolate hecho con los mejores granos del mundo ungidos con el sol del Caribe en las costas venezolanas; no importan en este instante los 12 Bs.F. o 5,5 US$ que extirpo sin pensarlo de mi monedero escandalizado, a fin de alcanzar el brebaje ancestral y mágico que todo mi organismo me pide a gritos para compensar mi universo.
Me gratifico, me entrego a este placer caliente, aromático, espeso y moreno que se distribuye alrededor de mi lengua poblada de papilas listas para entregarle al nervio glosofaríngeo conectado a mi cerebro el mensaje de esta maravilla que explora todas las rendijas de mi boca, antes de inundar el esófago con su catarata de flavonoides y alborotadores de las endorfinas que me reconectan con el placer de vivir.
Y todo sucede entre el dulce y el amargo que Moctezuma le ofreció a Hernán Cortés un día fresco de 1519 ante la mirada solemne de las pirámides aztecas al confundirlo con la reencarnación del Dios Quetzalcoatl.
Todo sucede entre el amargo y el dulce de la Vida y el merecimiento de beber este elixir hecho para los dioses que somos.
Entro en un oasis decorado con flores de riqui-riqui naranja, en busca de esa taza blanquísima y grande, plena de una lava ardiente de chocolate hecho con los mejores granos del mundo ungidos con el sol del Caribe en las costas venezolanas; no importan en este instante los 12 Bs.F. o 5,5 US$ que extirpo sin pensarlo de mi monedero escandalizado, a fin de alcanzar el brebaje ancestral y mágico que todo mi organismo me pide a gritos para compensar mi universo.
Me gratifico, me entrego a este placer caliente, aromático, espeso y moreno que se distribuye alrededor de mi lengua poblada de papilas listas para entregarle al nervio glosofaríngeo conectado a mi cerebro el mensaje de esta maravilla que explora todas las rendijas de mi boca, antes de inundar el esófago con su catarata de flavonoides y alborotadores de las endorfinas que me reconectan con el placer de vivir.
Y todo sucede entre el dulce y el amargo que Moctezuma le ofreció a Hernán Cortés un día fresco de 1519 ante la mirada solemne de las pirámides aztecas al confundirlo con la reencarnación del Dios Quetzalcoatl.
Todo sucede entre el amargo y el dulce de la Vida y el merecimiento de beber este elixir hecho para los dioses que somos.