Lo bello, lo triste y lo feo de mi 2016: balance glocal de una venezolana cualquiera



Un  querido amigo  escribe –desde hace 20 años-  un balance del año que se va y lo comparte con su gente entrañable ; aprendí de él este ejercicio que encuentro muy terapéutico y que realizo desde hace apenas  5 años; pero esta es la primera vez que voy a hacer algo que implica ir aún más allá: publicar abiertamente en mi blog este balance, a todo aquel en Venezuela y en mundo que sienta la curiosidad de asomarse por la ventana de una venezolana cualquiera y única al mismo tiempo; el reto es grande: se impone un abordaje glocal (global+local) de mi vivencia global y universal como miembro de la gran tribu humana que habita esta pelotica verdiazul, y al mismo tiempo de mi vivencia local que emerge de mi particularidad contextual como venezolana que habita en Venezuela en estos momentos históricos.

Como soy irreductiblemente apreciativa, inicio mi balance con lo bello que me regaló este 2016 . Te recomiendo encarecidamente que, si eres venezolano, no leas lo feo,  la última parte de este reporte, será solo repetición de lo que ya sabes, o de lo ya has vivido o te han contado si vives afuera. ¿para qué más?


LO BELLO

 Mi única hija recibió el título de psicóloga:  Ella de niña decía que quería ser médico, como su abuelo materno, pero de pronto un día, a dos años de iniciar su carrera, me dijo: “Mamá, voy a estudiar Psicología.” En aquellos años yo estudiaba psicoterapia Gestalt, ella estaba en bachillerato y sus temas relacionales escolares los analizábamos desde lo que yo iba aprendiendo en mi formación. Nunca imaginé que nuestras ricas y profundas conversaciones de madre e hija en la cocina de nuestra casa, en nuestros almuerzos y cenas, iban a tener un impacto tan grande en la decisión de una joven, quien hoy, graduada, estudiando su post-grado en psicología clínica en las mañanas y atendiendo pacientes en un centro del estado por la tarde, me dice: “No concibo otro oficio en mi vida mejor y más hermoso que éste”.

Mis amigos de juventud viajaron 40 años en el tiempo, para llegar y quedarse de nuevo en mi vida: Estudié el bachillerato en un colegio que había aceptado sólo varones durante sus primeros 60 años de existencia. Por alguna razón que desconozco, en el año 1974 decidió abrir sus puertas por primera vez a niñas, y ese año entre yo en segundo año, junto a otras doce niñas en un bachillerato habitado por 500 varones atónitos y aprendices de la convivencia escolar con el otro género. En ese colegio florecí, fui líder, fui feliz, encontré y experimenté los primeros amores, el primer beso… en 1978  me gradué con todos esos seres maravillosos que el tiempo, la distancia y yo misma me habían arrebatado, hasta que a mediados del 2016 un par de ellos se dieron a la tarea de recopilar números de celulares de aquella histórica cohorte y a crear un  grupo de WhatsApp. Difícil expresar el regalo que ha sido este re-encuentro con todos ellos, todos con un pasado común, de la misma edad, todos maravillosos, quienes me han devuelto incluso, a través de sus recuerdos, pedazos distantes y claves de mi propia identidad.

Mi única hermana vino a Venezuela:  Ella migró ya hace más de 4 años a Canadá. Con mis únicos dos sobrinos amados y su esposo, buscando, como otros cientos de miles de venezolanos, una tierra fértil para ver crecer a sus hijos  con seguridad, una educación que los preparase para ser ciudadanos  valiosos del mundo y del siglo XXI y donde encontraran las medicinas y los alimentos que necesitaran para crecer sanos. Un triste acontecimiento que referiré más abajo la trajo de vuelta por dos semanas a esta, su amada y extrañada tierra, a mi casa. Ese espacio sirvió para conectarnos de nuevo en 3D, a los 37° C del abrazo, todo un regalo; haber sido gestadas en el mismo útero no garantiza la existencia de una relación que nos nutra y nos haga bien, nuestra relación de hermanas, como toda otra, requiere de una decisión de nutrir los puentes (y a veces de re-construirlos). La visita de mi única hermana, fue sin duda, casi al final de este año, un regalo inesperado que regó y abonó, de  una manera extraordinaria, la matica de nuestra hermandad.

Siendo estos tres eventos, puntos cruciales de lo bello que me dio el 2016, no quiero dejar por fuera otras cosas bellas que continuaron del año anterior, como lo fue la consolidación de mi relación de pareja en esta madurez sabrosa entre mis 56 y los 64 de él, la emocionante y satisfactoria finalización de mi proceso terapéutico de 4 años, un año con salud general bastante buena, excepto por algunos dolores articulares al levantarme por las mañanas y al bajar las escaleras y avances importantes en mis formaciones como profesora de biodanza y reforzamiento de mi experiencia de 13 años como coach ejecutiva a través de una certificación internacional en esta área.


LO TRISTE

Entiendo la tristeza como una emoción importante en la paleta de emociones humanas que emerge cuando sufrimos pérdidas; la tristeza nos ralentiza, nos sumerge en el silencio, en la soledad y en las lágrimas, como una manera evolutiva de encontrar y metabolizar aquellas explicaciones a esas pérdidas, para luego poder seguir adelante, transformados y fortalecidos. Lo triste para mí en el 2016 fue:

La muerte de mi padre: El 9 de noviembre a la 1:50 p.m. mi padre, de 98 años de edad, dejó de respirar y murió dulcemente, rodeado del amor de sus hijas, nieta y uno de sus yernos en una habitación de mi casa, preparada rápida y  transitoriamente para recibirlo luego de tres días de hospitalización donde fue diagnosticado con una deficiencia cardíaca y un edema pulmonar que le ocasionaba un enorme cansancio al movilizarse y que significaba el fin de una larga vida activa y autónoma. La mañana antes de ser dado de alta, me dijo con toda serenidad y asertividad. “Quiero ir a tu casa a morir tranquilo, ya he cumplido, no me interesa ya una vida con mi corazón dañado y sin fuerzas para vivir como a mí me gusta”. Tal petición fue cumplida al milímetro: 7 días después se despidió para siempre de nosotros, agradecido por haber encontrado en los suyos la compresión y la complicidad en su proceso de irse en paz, satisfecho y soberano de su muerte. Me tocó el privilegio de ser la “partera de la muerte” de mi padre, una labor dura, elevada y al mismo tiempo gratificante, en donde pude regalarle a él una muerte digna tal y como él la había soñado y decretado.

La muerte de mi “Caraota”: el 18 de agosto a las 9:00 a.m. me tocó ver por última vez los ojitos verdes y desconcertados de mi gata negra de 13 años de edad sobre la mesa fría y metálica del consultorio veterinario, donde le tuvimos que aplicar eutanasia por una metástasis de sus mamas a sus pulmones que la estaba consumiendo y colocando a las puertas de un sufrimiento insoportable para ella y para los que la amábamos. Mi negra Caraota era mi gata querida, una gata con una “gatonalidad”  (por no decir “personalidad”) muy sui generis: cariñosa y salvaje al mismo tiempo, maluca con su hermana menor, Lulú, quien llegó a casa 5 años después de ella y nunca fue aceptada, muy pegada conmigo, maullona, tremenda, desconcertante, egocéntrica, maravillosa. Despedirme de ella fue lacerante… aun la extraño sobre mi cama, sobre mi pecho, sobre mi corazón.

La muerte de la democracia en mi país: La palabra “dictadura” nunca había habitado en el diccionario de mis vivencias. De niña oí hablar a mi padre de la terrible dictadura de Juan Vicente Gómez a comienzos del Siglo XX, él era muy joven en aquel entonces, era un asunto lejano para mí; de joven, oí hablar luego de  la dictadura del General Marcos Pérez Jiménez derrocado dos años antes de mi nacimiento; en la  universidad seguí con horror e interés la larga noche de las dictaduras de derecha latinoamericanas. Nunca imaginé que me iba a tocar habitar en una de ellas;  durante el 2016, el poco maquillaje democrático del régimen se fue desvaneciendo abiertamente, las elecciones regionales que tocaban en diciembre, así como el Referendo Revocatorio fueron ferozmente obstaculizados; la separación de poderes se hizo caricatura, los presos políticos, las persecuciones y las torturas se convirtieron en el mecanismo preferido del régimen para instaurar el miedo y mermar las voces de la disidencia. Los dictadores, ni de derecha, ni mucho menos de izquierda, entregan el poder. Darme cuenta de que la democracia en mi país había muerto, saberme viviendo en una dictadura fue uno de los golpes más duros de este año que se va… uno de los golpes más duros de toda mi vida.


LO FEO

Más allá de lo triste, del duelo por pérdidas importantes, también el 2016 me lanzó a la cara realidades y situaciones que caen dentro de esta categoría, y no hablo de “feo” en el sentido estético trivial, sino por el espanto que significan cuando llegan hasta el alma. Los que me conocen saben bien que poco escribo sobre lo feo, pero extirparlo de esta balance de mi 2016, sería falsear la balanza:

Hambre, mucha hambre: Me considero bendecida porque en el 2016 sólo adelgacé 5 kilos y mi pareja 10 por el cambio de alimentación, por no conseguir nutritivos alimentos que antes estaban en nuestra dieta y ya no se conseguían, ni se consiguen. Bendecida porque no he pasado hambre. Pero todos los días veo en mi calle algo que nunca antes vi con tanta contundencia y regularidad: seres humanos que, como perros callejeros, abren ávidos las bolsas de basura colocadas en las aceras y hurgan hasta conseguir algo que llevarse a la boca para saciar su hambre. La escena se repite en mi calle, en otras calles de Caracas, en calles a lo largo y ancho de mi país. Pasar al lado de un ser humano como yo, con los mismos derechos que yo, que se ve obligado a buscar su alimento en la basura, me desgarra una y otra vez, me llena de impotencia, de un dolor inimaginable.

Miedo, mucho miedo:  El auge de la creación de grupos de WhatsApp durante el 2016 me llevó a formar parte de dos chats de seguridad vecinal creados para alertar a los vecinos y cuerpos policiales acerca de sospechosos o situaciones delictivas en mi zona. Ingresar en cualquiera de esos chats para estar informada y protegerme ha resultado tener un impacto aterrador: todos los días, a cualquier hora, los vecinos reportan en vivo robos de carros, motos, baterías, asaltos a quintas y apartamentos, asaltos a transeúntes… ¡Y yo vivo en esos espacios! ¡Yo lo veo! ¡lo vivo! Nadie se salva, mi hija fue despojada de su cartera y celular a punta de pistola por un  motorizado hace meses cuando bajaba a tomar el transporte público para ir a la universidad. El sonido de una moto que se acerca pone a todas mis células en alerta y a mi corazón a querer huir del pecho. 2016, ha sido el año de sentir el peligro cada vez más cerca, omnipresente. Ahora también sé lo que es habitar en el miedo.

Colas, muchas colas: Estuve en la antigua Unión Soviética en 1986 cuando aún era parte del experimento que hoy continua en su versión 2 en América latina, también estuve dos semanas en Cuba en 1990 en un congreso académico. En ambos lugares observé atónita colas de gente a las afueras de negocios de comida, colas para comprar mantequilla, carne. Yo no entendía. Pensaba: “Pobre gente, ¿cómo es que la economía y el sistema de su país no garantiza comida para todos en abundancia y no en escasez?”. 2016 fue el año de ver en mi camino, de atravesar, de vivir, de sufrir, las más largas y denigrantes colas, colas en los supermercados, colas en las farmacias, colas en las panaderías, colas en los cajeros automáticos. En esas colas la vida se detiene, las miradas se pierden en la nada de la resignación, la desesperación, el dolor y la rabia. Son lugares horribles que cachetean la realidad y nos muestran cómo la política sí tiene que ver con los más cotidianos resquicios de la vida, como nos puede cambiar la manera de vivir y de morir, cómo nos puede arrancar una vida digna y productiva para colocarla en un río de gente a la espera de lo escaso o lo imposible.



Este paseo por lo bello, lo triste y lo feo de mi 2016 me permitió reflexionar y descifrar aun más mis estrategias para seguir aquí defendiendo la risa y la alegría, para recibir y valorar lo bello, buscarlo activamente, ser partícipe de su construcción en mi vida y en la de los que me rodean; también mis estrategias para vivir los duelos por las cosas que he perdido, para vivir la tristeza a plenitud, a conciencia, dándole su espacio necesario, su reconocimiento y aceptación, pero sobretodo me permitió confirmar que en estos momentos históricos necesito, por sobre todas las cosas, encontrarle un sentido a este dolor y a este sobresalto de vivir en un país que se va despedazando día a día, secuestrado por un pequeño grupo -con muy poco pueblo ya-   aferrado al poder y por unas Fuerzas Armadas y grupos paramilitares armados al servicio de ese grupo. El psiquiatra austríaco ViktorFrankl, preso en campos de concentración donde perdió a sus padres y a su esposa, nunca imaginó, cuando escribió su libro “El hombre en busca de sentido”,  que su éste iba a ser mi fuente inagotable de energía y foco para seguir adelante aun en medio del horror, como lo hizo él –guardando las distancias- al transitar por el horror de Auschwtiz y Dachau.

Termino este extraño balance con una reflexión que me acompaña como un mantra en esta travesía de lo impensable: “Las circunstancias externas pueden despojarnos de todo menos de una cosa: la libertad de elegir cómo responder a esas circunstancias”. (Viktor Frankl)

7 comentarios:

ANGONFER dijo...

Querida prima: Excelente compendio de tu 2016, me gustó mucho, en especial por los valiosos aportes en tus análisis e interpretaciones de tus vivencias. Gracias por compartirlo.

Victoria Robert dijo...

Conmovedor y honesto. Celebro tu ejercicio, tu recuento... aunque duela.

Karelly Paredes dijo...

Luisa Elena, te conocí en el Congreso Andino de Coaching, me encantó apoyarte para hacer el World Coffee, luego me encantó compartir contigo la Certificación de CEGO.
Me identifico con tus palabras. Me siento honrada por querer compartir tu SENTIR, tus emociones a flor de piel, tal como son. Un gran abrazo de corazón a corazón, desde esta HERMOSA Y AMADA VENEZUELA, segura de formar parte de su reconstrucción, desde ya haciendo un mejor país.

arelis dijo...

Como siempre excelente. Deja reflexiones y conocimientos importantes.. Deseo que el 2017 sea un año para ti,la hija y todos tus seres queridos. Un gran abrazo

Gerananda dijo...

Mi querida Luisa, traté de posponer la lectura de tu balance porque sabía q me iba a identificar con cada una de tus emociones, sobre todo las negativas, porque es tanto el pesar que genera toda esta pesadilla q elegimos copiar al avestruz para al menos en ese hueco de la tierra soñar con q esa realidad no existe, pero lamentablemente sabemos q tarde o temprano habrá q salir a respirar, aunque duela. Una belleza tus reflexiones, q sigas creciendo ��

Pablo Liendo dijo...

Siempre presente y valioso el poder sanador de la catarsis.

Confieso que valoro cómo mi gente querida y yo mismo logramos ir sobreponiéndonos a tanta adversidad. Tal vez sin pretenderlo, hemos ido acumulando méritos suficientes como para representar diversos ejemplos a ser emulados por quienen vienen atrás. Aquí vale una precisión: sobrará quien nos menosprecie por haber escogido atravesar la tempestad sin otra protección que nuestra propia resiliencia. Quiero suponer que es precisamente ahí donde radica nuestra estatura ética. En mi caso es una decisión voluntaria, teniendo otras opciones. Voluntaria.

Anónimo dijo...

Ufff!...mis humildes condolencias por lo de tu papi..tu gata y confirmar como el populismo destruye una nacion..

Aquí y ahora

Aquí y ahora